Del tráfico a la Tribu: los monos que aprendieron a vivir otra vez en la selva

Miriam Telma Jemio

El tráfico de animales silvestres en Bolivia continúa siendo uno de los delitos ambientales más complejos y lucrativos de la región. Sin embargo, en los últimos años se logró avanzar en controles, rescates y coordinación institucional para enfrentar este problema.  La historia de la Tribu —un grupo de monos aulladores rescatados— es, ante todo, una historia de paciencia, duelo y reconstrucción.

Edición 173.  Lunes, 09 de mayo de 2026

Alfie llegó sin pelo y cubierta de parásitos. Maya fue rescatada de una familia que planeaba comérsela cuando creciera. Cecropio había dejado de alimentarse y parecía rendirse a la muerte. Como ellos, decenas de animales silvestres llegan cada año a centros de custodia en Bolivia después de sobrevivir al tráfico, el mascotismo o los incendios.

En el santuario Ambue Ari de la Comunidad Inti Wara Yassi (CIWY), seis monos aulladores consiguieron formar una tropa y regresar a la selva en semilibertad. Se unieron a un macho silvestre y ya tienen dos crías nacidas en libertad.

Detrás de esa segunda oportunidad hay años de rehabilitación, miles de dólares invertidos y una red de instituciones y organizaciones que intenta contener un delito que mueve millones, pese a leyes más duras y operativos constantes contra las redes de tráfico de fauna silvestre cuya actividad ilícita mata a miles de animales.

Alfie y Maya: el inicio de la Tribu

La historia de la Tribu —un grupo de monos aulladores rescatados— es, ante todo, una historia de paciencia, duelo y reconstrucción. Detrás hubo un trabajo intenso y sostenido, día y noche.

“Ha sido bastante duro el trabajo. Ha necesitado realmente una entrega de día y noche, porque los primates han llegado en muy malas condiciones”, recuerda Tania Baltazar, presidenta y fundadora de la Comunidad Inti Wara Yassi (CIWY), a quien se la conoce más como Nena.

Alfie llegó sin pelos en la cabeza, los que fue recuperando poco a poco. Foto: Comunidad Inti Wara Yassi,

La historia comenzó en enero de 2022 con Alfie, una hembra de cerca de alrefdedor de meses. Fue dejada en el Parque Machía y su estado era crítico.

“Alfie fue la primera en llegar (…) No tenía pelitos en su cabecita, tenía algo como sarna. Estaba con parásitos externos. Estaba muy maltratada”, recuerda.

Tras semanas de atención veterinaria, logró estabilizarse y la trasladaron a Ambue Ari, donde viviría en condiciones similares a su hábitat natural. Allí iniciaría, sin saberlo, la historia de la Tribu.

Tiempo después llegó Maya. Tenía dos o tres semanas de nacida. Fue encontrada en San Buenaventura, norte de La Paz, en una familia que consumía carne de mono.

“Habíamos rescatado animales del tráfico y de incendios, pero nunca de una familia que consumiera monos. Para mí fue impactante”, rememora Baltazar.

La mujer que la tenía fue directa:

—“Mi marido la ha cazado a su mamá y nos la hemos comido”.

Cuando le preguntó que harán con la cría, que se había convertido en la mascota de su hija, la mujer respondió:

—“Vamos a esperar que crezca y nos la vamos a comer”.

La directora de CIWY logró persuadirla para que se la entregara. Maya fue alimentada con leche y recibió cuidados constantes. La llamaron Maya —que significa “uno” en aymara— porque marcó el primer rescate en Jacj Cuisi.

Maya perdió a su mamá de bebé. Foto: Comunidad Inti Wara Yassi.

Con el tiempo fue llevada a Ambue Ari, en marzo de 2023. Creció y encontró en Alfie a su primera aliada. Entre ambas nació un vínculo clave para lo que vendría.

El último mes de ese mismo año, Cecropio llegó desde el Parque Nacional y Área Nacional de Manejo Integrado Madidi, rescatado por un guardaparque.

En 2024, los incendios forestales arrasaron miles de hectáreas en Bolivia. CIWY recibió decenas de animales; entre ellos, dos monos aulladores. Iyambae sobrevivió a los incendios en Ixiamas y Fermín, con profundas secuelas emocionales, fue el último en ingresar rescatado en Ascensión de Guarayos.

Red Fury llegó desde Potosí, lejos de cualquier ecosistema que pudiera sostenerla, víctima de una de las actividades ilegales más lucrativas del mundo: el tráfico de fauna silvestre para el mercado de mascotas.

Cada uno llegó a CIWY con una historia distinta, pero todos compartían dolor y trauma. “Los aulladores son muy sensibles al cautiverio (…) todos llegaron con graves problemas de salud y emocionales”, dice Baltazar.

El desafío de confiar y convertirse en tropa

En Ambue Ari, los monos fueron ubicados en dos recintos conectados por un túnel, allí comenzó el proceso más complejo. La estrategia consistía en permitir el contacto gradual, sin forzar encuentros.

Alfie y Maya se integraron rápido, llevaban juntas más tiempo. Con los demás, el proceso fue más lento, eran infantes.

El equipo de CIWY explica que integrar a los más pequeños fue más difícil porque algunos tenían miedo, pero poco a poco se fueron vinculando y cuando abrían la puerta de acceso al túnel se juntaban, aunque tímidamente.

Fermín evitaba al grupo. En cambio, Cecropio parecía haber renunciado a todo. “No quería comer (…) sentíamos que se nos estaba muriendo”, dice la fundadora de CIWY.

Durante días, el equipo lo cuidó e insistió. Hasta que algo cambió: comenzó a interesarse por una hoja de ambaibo, del género Cecropia. Esa planta dio origen a su nombre.

Cuentan que cuando empezó a comer el equipo saltó de alegría.

Cecropio ahora vive en semilibertad en la selva de Ambue Ari. Foto: Comunidad Inti Wara Yassi.

El día que todo cambió

En la memoria de Baltazar quedó grabado el día que abrieron la puerta del recinto, porque todos lloraron de emoción.

Era marzo de 2025. Maya fue la primera en salir. Luego Alfie. El resto dudaba. Red Fury, inquieta, entraba y salía, marcando el camino. Después, comenzaron a trepar, explorar y recordar.

Menos Cecropio. No podía saltar. Lloraba.

Entonces Alfie regresó por él y lo guio. Ese gesto selló la transformación. “Fue muy emocionante ver cómo monos marcados por el sufrimiento estaban logrando formar un grupo”, dice Baltazar.

La Tribu había nacido tras más de dos años del trabajo de rehabilitación y reinserción, el fin último de CIWY.

 Aprender a vivir en la selva

Maya y Alfie llevan más tiempo adaptadas a la selva que el resto del grupo. El resto no tuvo interacción en vida silvestre porque fueron arrancados de sus madres cuando eran muy pequeños.

“Aprender a escalar un árbol, irte a la rama más alta para conseguir el brote de hojita y alimentarse requiere de mucho valor de parte de ellos que están creciendo sin sus madres”, enfatiza González.

El regreso a la selva no fue inmediato. Fue un proceso por etapas. Primero salían durante el día y regresaban a dormir a los recintos; luego la comida empezó a colocarse afuera; finalmente, la puerta quedó abierta.

El equipo del santuario los seguía de cerca, caminando entre la selva, bajo lluvia o soportando la temporada alta de mosquitos. Se quedaban observándolos hasta altas horas de la noche para asegurarse de que estén bien.

Hasta que un día, los integrantes de la tribu dejaron de volver al recinto.

Blue, el macho que llegó de la selva

Para entonces el grupo ya se había consolidado, los pequeños estaban en proceso de conocimiento y rehabilitación.

En el segundo trimestre de 2025, apareció un macho silvestre. El riesgo era alto porque en la naturaleza, estos encuentros pueden terminar en ataques a las crías.

Pero esta vez fue distinto. El macho —al que llamaron Blue— se acercó con curiosidad y sin agresividad. Se integró poco a poco y terminó asumiendo el rol de líder de la tropa.

La directora de CIWY dice que comenzó a cuidar a los más pequeños y terminó consolidándose como el macho dominante del grupo.

Su presencia cambió la dinámica de la Tribu. Comenzaron a aullar mucho más para marcar territorio, subían a árboles más altos sin temor.

“Es un grupo muy estable, que se parece mucho a lo que podría ser una estructura natural”, reflexiona.

Blue, el mono silvestre, que se adapató a la Tribu. Foto: Comunidad Inti Wara Yassi.

Una segunda oportunidad

La Tribu ya es completamente independiente.

“Este es un logro maravilloso (…) es un grupo funcional que tiene una oportunidad de vida en la selva”, remarca Claire Gilant, responsable del área de Primates de CIWY.

A medida que recuperan sus comportamientos silvestres, el contacto humano desaparece. Parte clave del proceso fue cortar ese vínculo desde el inicio. En cuarentena, el contacto es mínimo. Incluso cuando son crías, el afecto humano se reemplaza por una “hot mama”: una botella caliente envuelta en tela que simula el calor materno.

Todo para que el apego ocurra entre ellos y no con las personas. Porque la meta no es salvarlos para siempre. Es devolverlos a la selva.

Con el acercamiento de Blue, los miembros de la Tribu comenzaron a desarrollar comportamientos más silvestres, explica la directora de Ambue Ari. “Ahora ya estamos en un proceso más avanzado (…) no están necesitando tanto de la dieta que nosotros les proporcionamos”.

Pero el equipo de CIWY sigue atento a la nueva tropa porque aún hay crías en transición hacia la etapa juvenil. Por eso deben asegurarse de que mantengan una alimentación adecuada para crecer bien.

La preocupación es razonable porque está terminando la época de lluvia y empezará la temporada seca, cuando suele haber menos disponibilidad de alimento.

En estos recipientes ponen los alimentos cuando los monos llegan a comer. Cada vez acuden con menos frecuencia al lugar.  Foto: Miriam Jemio.

Una señal de que funcionó

Hoy, Alfie y Maya tienen crías nacidas en libertad en la selva, a finales de 2025 y a inicios de este año.

Gilant dice que es una especie donde la reproducción en cautiverio es poco común y que solo se podía lograr en libertad.

Para la directora de CIWY lograron cumplir su meta: “Todo el esfuerzo y la dedicación valió la pena (…) porque ellos están felices y es lo que queríamos: darles esa segunda oportunidad en la selva”.

Y tal vez la mejor prueba de que lo lograron está en los ojos de Cecropio, el mono que no quería vivir. El que se dejaba morir. Hoy trepa, come, se mueve con el grupo.

La Tribu ya no es un grupo de rescate. Es una familia, una pequeña tropa que volvió a la selva.

González deja claro que en CIWY no buscan la reproducción de los animales. “Si bien acabaron aquí —en el santuario— fue por una situación indeseada para ellos y lo menos que queremos es que haya otro ser que acabe en esta misma situación. Porque ya sabemos que podremos liberarlo”, enfatiza.

Claire Gilant, encargada del área de Primates, insiste en que el objetivo no es rescatar animales, sino evitar que sean sacados de la selva para que nunca necesiten una segunda oportunidad.

Alfie, Maya, Cecropio, Iyambae, Red Fury y Fermín viven hoy en semilibertad tras haber sido rescatados del tráfico ilegal y de los incendios forestales. Luego de un proceso de rehabilitación, lograron volver a la selva de Ambue Ari, donde continúan siendo monitoreados por veterinarios, biólogos y el personal encargado de su cuidado y seguimiento.

La historia de la Tribu es el reflejo visible de una problemática mucho más profunda que afecta a miles de animales silvestres en Bolivia. Detrás de cada mono rescatado hay redes de tráfico, incendios forestales, mascotismo y una cadena de instituciones, rescatistas y centros de custodia que intentan reparar un daño que muchas veces es irreversible.

Mientras muy pocos animales logran regresar a la selva, como ocurrió en Ambue Ari, cientos continúan llegando cada año a refugios y bioparques, evidenciando que la lucha contra el tráfico de fauna sigue siendo uno de los mayores desafíos ambientales del país.

 El trabajo articulado contra el tráfico de fauna silvestre

El tráfico de animales silvestres en Bolivia continúa siendo uno de los delitos ambientales más complejos y lucrativos de la región. Sin embargo, autoridades, organizaciones ambientales y centros de custodia coinciden en que en los últimos años se logró avanzar en controles, rescates y coordinación institucional para enfrentar este problema.

POFOMA, la principal fuerza operativa en la lucha

La Policía Forestal y de Medio Ambiente (Pofoma) es la principal instancia operativa contra el tráfico de fauna silvestre. La coronela Rosmery Arévalo Valle, ex directora departamental y actual jefa de personal de Pofoma, explica que la institución intensificó controles en terminales terrestres, aeropuertos y carreteras —en el caso de La Paz, especialmente en rutas de salida desde los Yungas— además de coordinar acciones con sus pares de Perú, Chile y Brasil.

El tráfico de fauna silvestre es el tercer delito que genera más ganancias ilícitas en Sudamérica. Por ello, tras la promulgación de la Ley 1525, las sanciones se endurecieron y pueden llegar hasta ocho años de cárcel cuando existen agravantes, como el tráfico de especies en peligro de extinción.

Aunque el tráfico de animales silvestres en Bolivia ya no se mueve con la misma impunidad de hace algunos años, la fauna aún es sacada de su hábitat. En 2025, rescataron 464 especies silvestres. Con esos decomisos “hemos afectado a los traficantes con pérdidas de al menos 80.000 dólares”, manifiesta la autoridad policial.

En este año, en La Paz han decomisado 43 ranas gigantes del Titicaca —animales en peligro de extinción—, además de loros, parabas, tortugas y huevos de peta en los departamentos de Beni y Pando.

Los tejones son las víctimas más traficadas desde los Yungas, mientras la fibra y las patas de vicuña se venden en ferias de la ciudad de El Alto.

A inicio de abril, Pofoma decomisó fibra de vicuña en El Alto. Foto: Pofoma.

La coronela explica que aprehendieron a 12 personas por ese delito, pero “los traficantes usan a adultos mayores y a menores de edad para que no sean imputados”, de manera que solo el 50 % llegan a ser penalizados.

Pese a los avances en los controles y coordinación del trabajo con otras instituciones, Arévalo reconoce que existen limitaciones de personal y equipamiento, además de dificultades judiciales para lograr sanciones efectivas. Por ello, impulsan la creación de una fuerza especial contra delitos medioambientales, un equipo multidisciplinario para realizar operativos en áreas rurales junto con el Ministerio Público y las Fuerzas Armadas porque hay lugares inaccesibles.

Pofoma realiza campañas de sensibilización con diferentes sectores de la población sobre la Ley 1525, promulgada en 2023, que incorporó el tráfico de vida silvestre como delito penal. Uno de esos sectores son los mercados de abasto, donde la venta de fauna silvestre es naturalizada.

La autoridad citó como ejemplo, que en un operativo reciente decomisaron tres tortugas acuáticas, seis parabas azules y cuatro loritos.

Resalta el trabajo coordinado que realizan con algunas ONG que imparten capacitaciones, por ejemplo, para conocer el manejo de ciertas especies.

Un trabajo articulado que necesita apoyo privado

La lucha contra el tráfico de fauna ya no recae únicamente en una institución. La bióloga Mariana Da Silva, coordinadora de Combate al Tráfico de Vida Silvestre de WCS, destaca que actualmente existe mayor coordinación entre ministerios, gobernaciones, Fiscalía, Pofoma, aeropuertos, terminales y pueblos indígenas.

Sin embargo, tanto organizaciones ambientales como autoridades coinciden en que el Estado enfrenta limitaciones para sostener toda la cadena de atención a los animales rescatados.

Todas las gobernaciones deberían tener un Centro de Atención y Derivación (CAD), pero solo en Santa Cruz y La Paz cuentan con estructuras sólidas de atención y derivación para fauna silvestre rescatada. El primero es uno de los más activos y consolidados, mientras el segundo se ha fortalecido con equipamiento técnico, especializado en el rescate de fauna silvestre del tráfico ilegal, con apoyo de WCS.

En ese escenario, los centros de custodia y rehabilitación de fauna silvestre cumplen un papel fundamental, pero no son estatales, excepto por el Bioparque Municipal Vesty Pakos del municipio La Paz.

Así, la responsabilidad es transferida a los centros privados como CIWY y Senda Verde, que son los más reconocidos en el país.

Paola Montenegro, jefa de la Unidad de Gestión y Conservación Ecorregional del Ministerio de Planificación del Desarrollo y Medio Ambiente, detalla que, en 2020, alrededor de 3.000 animales rescatados vivían en 45 centros de custodia.

Adelanta que su despacho está en proceso de recuperación de los resultados del censo realizado en 2023 de estos centros. Se conoce que 37 cuentan con la licencia de funcionamiento y el resto está en proceso de obtenerla.

“Estamos trabajando en la recuperación de información que se perdió en la transición institucional (…) hay muchos vacíos de información la cual está en proceso de obtenerse de municipios, gobernaciones y otras entidades territoriales”, dice.

Uno de esos datos tiene que ver con la cantidad de animales silvestres traficados en los últimos años. En eso ha trabajado WCS, desarrolló una de las bases de datos más completas sobre tráfico de fauna silvestre en el país, información que será integrada a una plataforma estatal. “La investigación sirve para entender las dinámicas del tráfico y pasar esa información a las autoridades”, explica Mariana Da Silva.

Uno de los datos de ese trabajo da a conocer que, entre 2010 y 2018, en Bolivia se confiscaron 7.897 animales, en las fronteras de Perú y Brasil. En el siguiente cuadro se detalla la información.

Entre los principales aportes de WCS están la investigación, el monitoreo del tráfico físico y digital, la capacitación de funcionarios y el impulso a normas y protocolos para enfrentar este delito.

“Hemos hecho donaciones de equipamiento, desde maletines de criminalística para la policía de los nueve departamentos hasta material para el manejo adecuado de los animales”, menciona la bióloga de WCS.

Los custodios privados sostienen el costo del tráfico

El trabajo de los centros de custodia y rehabilitación de animales silvestres sin fines de lucro en Bolivia es fundamentalmente de rescate, atención veterinaria, rehabilitación y, cuando es posible, liberación de especies víctimas del tráfico, mascotismo y destrucción de hábitat, como pasa con los incendios forestales.

Estas organizaciones actúan como refugios temporales o permanentes, operando con recursos económicos propios y dependencia de voluntarios para asegurar el bienestar de miles de animales.

El biólogo Omar Rocha, director del Bioparque Municipal Vesty Pakos, a donde llegan animales derivados de POFOMA y la Gobernación de La Paz, explica que mantener y rehabilitar fauna silvestre es costoso y depende de cada especie y del estado de salud en que llegan los animales. Como ejemplo, dice que un jaguar adulto consume entre cuatro y cinco kilos de carne diarios y que muchas especies requieren cirugías, radiografías y dietas especializadas.

Por ello, el bioparque cuenta con personal especializado, como veterinarios y biólogos, y un presupuesto municipal destinado a alimentación, atención médica y mantenimiento. Los animales reciben proteínas, vitaminas y suplementos para recuperarse. También se realizan tratamientos específicos, como radiografías y cirugías para fracturas.

El especialista defiende la existencia de estos centros para animales que ya no pueden volver a la vida silvestre. “¿Dónde van a ir estas especies si no es a un centro de custodia de fauna silvestre?”, cuestiona.

Los jaguares requieren entre cuatro y cinco kilos de carne diario. Foto: La Pública.

En CIWY cuidan a más de 500 animales de diferentes especies, entre primates, felinos y aves, que provienen principalmente del tráfico, el mascotismo y los incendios forestales.

“Es bastante el gasto que asumimos y no debería ser así, porque los animales silvestres son patrimonio del Estado y debería ser la responsabilidad del Estado”, expresa la directora de CIWY.

Menciona como ejemplo que solo la construcción del recinto para los pumas, en Ambue Ari, costó 25.000 dólares. Mientras, en la alimentación de los animales de un solo centro se gasta más de 15.000 dólares al mes. “Incluso ahora es un poco más porque todo ha subido”, argumenta Baltazar.

También gastan en medicamentos, mantenimiento de recintos, personal especializado y diversidad de insumos.

A ello se suman los problemas sociales, como los bloqueos de caminos ocurridos la última semana de abril en el norte de La Paz que impidieron que llegaran los alimentos para los animales del santuario Jacj Cuisi, ubicado en San Buenaventura. Tuvieron que llevar los alimentos desde Santa Cruz, pasando por Trinidad y Rurrenabaque, lo que puede incluso duplicar el costo. “El transporte nos sale mucho más caro”, dice Baltazar.

Da Silva reconoce que mantener a estos animales demanda altos costos y que la presión sobre estos espacios solo disminuirá cuando se reduzca el tráfico y aumenten las sanciones contra los responsables.

Sugiere buscar un mecanismo para que los traficantes paguen el costo de manutención de la fauna custodiada en los centros. “Se tiene que buscar la forma de asegurar que los que han cometido el delito paguen esa manutención”, expresa.

Mientras, los centros de custodia privados se sostienen a través de donaciones, campañas y el apoyo de voluntarios.

Los desafíos pendientes

Aunque existe una mayor articulación institucional y una legislación más fuerte, los entrevistados coinciden en que el principal desafío sigue siendo reducir la demanda y fortalecer la educación ambiental, así como una mayor difusión de la Ley 1525.

Las organizaciones y autoridades consideran que el tráfico de fauna debe asumirse como una forma de crimen organizado y no como una práctica menor.

Para Da Silva, el principal reto ahora es hacer cumplir la ley y que la ciudadanía tiene un rol clave denunciando estos casos. “El tráfico de vida silvestre tiene que verse como algo grave que causa mucho daño a los ecosistemas, a las especies, pero también a la salud de las personas”, puntualiza.

Advierten que mientras exista compra de animales silvestres, las redes de tráfico seguirán operando, por eso ponen énfasis en la educación ambiental, las campañas de sensibilización, la participación en ferias y charlas en las unidades educativas para evitar el mascotismo y promover la conservación.

Para la fundadora de CIWY, el control, la sanción y la educación tienen que ir de la mano, de lo contrario no se va a frenar el tráfico de animales. Aunque existen leyes más duras, las sanciones todavía resultan insuficientes.

Las entrevistadas coinciden en que la solución a este problema no es crear más centros de custodia. “Lo ideal sería que los centros de custodia dejaran de ser necesarios”, resume Baltazar.

Resalta que lo ideal es que los animales se queden en la selva y que haya leyes que realmente protejan su hábitat. “No como el paquete de leyes incendiarias que ha sido devastador. Hemos perdido 14 millones de hectáreas por los incendios. Es terrible, cada año es lo mismo”, lamenta la directora de CIWY.


Foto de portada: La tribu en la selva, de vuelta a la libertad. Foto: Comunidad Inti Wara Yassi.


*Esta investigación fue realizada con el apoyo del Fondo Concursable de la Fundación para el Periodismos (FPP) en el marco del proyecto Periodismo de Soluciones.



Miriam Telma Jemio es comunicadora y periodista de investigación. Hace más de dos décadas realiza reportajes investigativos en temas ambientales, de pueblos indígenas y derechos humanos. Trabajó en medios impresos como La Razón, La Prensa y Página Siete. Escribió para medios digitales de Bolivia como Guardiana, La Pública, La Región y RAI; e internacionales como SciDev.Net, Diálogo Chino y Mongabay Latam.
Miriam Telma Jemio es comunicadora y periodista de investigación. Hace más de dos décadas realiza reportajes investigativos en temas ambientales, de pueblos indígenas y derechos humanos. Trabajó en medios impresos como La Razón, La Prensa y Página Siete. Escribió para medios digitales de Bolivia como Guardiana, La Pública, La Región y RAI; e internacionales como SciDev.Net, Diálogo Chino y Mongabay Latam.