Tras el auge de la quinua, entre 2010 y 2014, los agricultores bolivianos se enfrentan a la degradación de los suelos y el estrés climático. La mayor parte de la quinua de alta calidad sale de contrabando a Perú, de donde se exporta como si fuese de ese país, con lo que se pierden recursos que podrían invertirse en mejorar las formas de cultivar el grano andino.
Edición 176 / Lunes 20 de julio de 2026
Las colinas onduladas que rodean la comunidad de Aroma Marka, entre los salares de Uyuni y Coipasa, son una sinfonía de colores: vainas de quinua de color amarillo dorado, rojo intenso y negro violáceo salpican el paisaje por lo demás árido de esta zona del altiplano sur, en Bolivia.
La quinua (Chenopodium quinoa) se cultiva en el altiplano desde la época prehispánica, pero fue solo recientemente que este grano rico en nutrientes se dio a conocer a nivel mundial, lo que impulsó la producción en los Andes. Pero pronto los precios cayeron en picada cuando países fuera de la región comenzaron a cultivarla.
El impresionante paisaje de Aroma Marka, ubicado en el departamento de Oruro, oculta las cicatrices que dejó el auge de la quinua entre 2010 y 2014. En su punto álgido, los precios altísimos desataron una fiebre de producción que atrajo a antiguos residentes de las ciudades para cultivar el «grano de oro«. Walter Canaviri, productor de quinua y líder de Aroma Marka, recuerda que el repentino aumento tuvo un precio. «Todos querían producir más», declara. Además, en el afán por aprovechar la oportunidad, algunos agricultores invadieron tierras de sus vecinos, lo que provocó conflictos. «Fue una época triste para esta zona porque todos se volvieron unos contra otros».
Si bien el auge de la quinua trajo consigo una bonanza temporal para las comunidades andinas rurales, también conllevó la destrucción de los ecosistemas locales, la degradación del suelo y conflictos sociales, todo lo cual se vio exacerbado por los cambios en los patrones climáticos regionales y el cambio climático global.
Aunque productores bolivianos como Canaviri trabajan para cultivar quinua real orgánica —quinua real— con el fin de diferenciar su cultivo de las versiones más pequeñas y menos nutritivas que se cultivan en otras zonas, la mayoría de los productores carecen de acceso directo a los mercados internacionales, lo que dificulta que reciban precios diferenciados por sus productos.
El auge de la quinua
La quinua ha sido un alimento básico en los Andes durante milenios, pero se vio amenazada cuando los colonizadores españoles prohibieron el cultivo de plantas nativas e impulsaron su sustitución por cereales como la cebada y el trigo. En el siglo XX, organizaciones de ayuda internacional alentaron a los agricultores bolivianos a sembrar trigo en lugar de cultivos nativos y, si bien se cultivaba a pequeña escala, la quinua estuvo estigmatizada durante mucho tiempo como alimento exclusivo de los campesinos indígenas rurales. De hecho, su venta en mercados urbanos era marginal y se limitaba al área andina del país.

El interés mundial por la quinua creció lentamente en el siglo XX, impulsado por la adaptabilidad y el perfil nutricional del cultivo. Los primeros ensayos llegaron a África en la década de 1930, seguidos de un programa comercial en Estados Unidos en 1985. La popularidad de la quinua alcanzó nuevos máximos en 2013 cuando, a sugerencia del presidente boliviano Evo Morales, la Organización de Naciones Unidas declaró el Año Internacional de la Quinua, reconociendo así el potencial de la semilla para «erradicar el hambre, la desnutrición y la pobreza». Los precios se dispararon: después de décadas rondando el dólar por kilogramo (45 centavos de dólar por libra), en 2013 los precios de exportación alcanzaron un máximo cercano a los 7 dólares por kilogramo (3,20 dólares por libra).
Los agricultores de los Andes se apresuraron a satisfacer la demanda. «Reaccionaron como cualquiera, diciendo: ‘Esta es nuestra oportunidad'», dice Elizabeth Jiménez, economista que estudia la producción de quinua en la Universidad Mayor de San Andrés en La Paz. Con el alza vertiginosa de los precios, muchos migrantes en las urbes regresaron a sus lugares de origen rurales para cultivar quinua, transformando así drásticamente el uso de la tierra por el monocultivo. Entre 2013 y 2015, la superficie cultivada de quinua en Bolivia se duplicó y en Ecuador se multiplicó por diez.
Para 2015, los precios se habían desplomado debido a la popularización de la quinua y al surgimiento de competencia a nivel mundial (en 2018, el cultivo se extendió por 123 países, desde los Emiratos Árabes Unidos hasta Rusia).
Muchos productores en Bolivia culpan al Año Internacional de la Quinua por la globalización de la planta y la caída de los precios. «El hecho de que la quinua se cultive en todo el mundo nos dificulta las cosas», declara el agricultor Cleto Mamani.
El breve auge de la quinua benefició a algunos agricultores, quienes utilizaron sus ganancias para comprar maquinaria o acceder a la educación. Otros, como el productor e intermediario Eduardo Calizaya Chiri, dice haber perdido más de 140.000 dólares cuando los precios se desplomaron.
Si bien la quinua aún se vende a un precio superior al de otros productos básicos del altiplano, como la papa, su precio se ha estabilizado muy por debajo de su máximo histórico. Sin embargo, la región todavía lidia con las consecuencias del cambio en el uso de la tierra provocado por el auge mundial de esta semilla.
Impactos duraderos de la quinua
Los agricultores de esta zona criaban tradicionalmente llamas, alpacas y ovejas, cuyo estiércol se usaba como fertilizante para las pequeñas parcelas de quinua que cultivaban para su propio sustento. Sin embargo, el «incentivo perverso» durante el auge económico llevó a muchos a deshacerse de su ganado y expandir sus campos de quinua, explica Jiménez. También tendieron a utilizar cantidades excesivas de fertilizantes sintéticos y pesticidas. En algunas regiones, los suelos se agotaron debido a que los agricultores continuaron sembrando año tras año.
A medida que se destinaban más tierras al cultivo de quinua, se talaba la vegetación autóctona, lo que degradaba las barreras naturales contra el viento y provocaba erosión del suelo . “El clima ya no es como antes”, sentencia Maura Condo Mendoza, quien cultiva quinua en los alrededores de Aroma Marka y cerca de las salinas del sur de Uyuni. “Ahora el viento arrasa los campos”.

Jiménez dice que, si bien los agricultores reconocían los problemas de intensificar los monocultivos de quinua, los consideraban una medida necesaria. «La gente no sabía cuánto durarían los precios altos, y era la primera vez que este cultivo se valoraba a escala mundial», recuerda el productor.
Aunque la intensidad de la producción de quinua disminuyó tras el desplome de los precios, sigue siendo el cultivo más práctico para muchos agricultores, pues prospera incluso cuando otros cultivos sufren por heladas o sequía. «La quinua no requiere mucha mano de obra», explica Marco Antonio Patiño Fernández, agrónomo de la Universidad Mayor de San Andrés. “Una oveja puede costar 1.000 bolivianos (145 dólares), y 45 kg de quinua cuestan lo mismo… Imagínese: ¿cuánto más trabajo requiere criar esa oveja?”, dice el especialista.
Desafíos en un entorno cambiante
En una mañana lluviosa de finales de marzo, Cleto Mamani corta apresuradamente tallos de quinua y los amontona en pilas doradas que salpican el altiplano a lo largo de kilómetros. “La lluvia nos está causando problemas”, comenta refiriéndose a las precipitaciones fuera de temporada. “Cuando la quinua se moja, puede empezar a echarse a perder”, enseña.
El cambio climático global y las alteraciones en los patrones meteorológicos regionales —impulsadas en parte por la deforestación en la Amazonía— están dificultando cada vez más la vida de las 70.000 familias bolivianas del altiplano que dependen de la quinua. Los agricultores de la zona de Aroma declaran que la sequía y el calor intenso se han vuelto más frecuentes, lo que frena el crecimiento y reduce los rendimientos. El aumento de la salinidad del suelo en otras regiones también obliga a los agricultores a lavarlo anualmente para reducir los depósitos de sal, lo que hace que la agricultura requiera más mano de obra.

Aunque la temporada de lluvias en Bolivia suele extenderse de noviembre a marzo, un estudio reciente documentó cambios en la duración e intensidad de la temporada de lluvias en el altiplano boliviano, y la región ha experimentado una reducción del 15 % en las precipitaciones entre 2000 y 2025. Los agricultores de Aroma expresan su preocupación porque las lluvias tardías de este 2026 puedan provocar la germinación prematura o la pudrición de las semillas de quinua. También señalan que una mayor humedad podría reducir la cantidad de semillas que se desprenden de los tallos secos durante la cosecha.
La sequía también dificulta el mantenimiento adecuado de los campos en barbecho. “No hay tierras en barbecho; no ha llovido lo suficiente, así que no hay nada para el año que viene”, dice Condo Mendoza, y añade que los terrenos en reposo necesitan humedad para airearse. “Mucha gente dice que va a conservar sus existencias actuales para el año que viene”, cuando los precios, se espera, podrían subir.
Al mismo tiempo, las heladas fuera de temporada se han vuelto más frecuentes. Entre las heladas y los fuertes vientos, el agricultor de quinua Edgar Cruz Bonifacio prevé pérdidas del 40%, aproximadamente, de la cosecha de este año.
Estos cambios, junto con la intensificación de los monocultivos, la pérdida de biodiversidad, la creciente resistencia a los pesticidas y la ausencia de prácticas de manejo integrado de plagas, han provocado la aparición de al menos 18 nuevas plagas que afectan a la quinua, desde periquitos hasta polillas y mildiú de la quinua.
A sus 64 años, el agricultor Orispo Choque ha presenciado esos cambios. “Cuando era joven, no había tantas plagas, llovía más y las cosechas eran buenas”, cuenta mientras supervisa a los jornaleros que cosechan su parcela. “Pero con el tiempo, llegaron los tractores, y también aparecieron los gusanos que empezaron a infestarlo todo”.

En 2006, Choque vendió sus animales para comenzar a sembrar quinua en su finca de 100 hectáreas (250 acres), la mitad de la cual deja en barbecho cada año. Ahora compra estiércol a un vecino.
Mientras los agricultores se enfrentan a los cambios en el altiplano, algunos advierten que los esfuerzos de Bolivia por impulsar la minería de litio podrían agravar las presiones existentes. Si bien las operaciones estatales son actualmente limitadas, las comunidades indígenas que rodean el Salar de Uyuni, donde se extrae litio, han culpado a la instalación de unos 20 pozos por el secado de los humedales de gran altitud, lo que hace que la agricultura sea prácticamente imposible.
Gonzalo Mondaca, especialista en litio de la organización ambiental sin fines de lucro CEDIB, dice que una minería más intensiva reduciría el nivel freático y agotaría la humedad del suelo, lo que podría perjudicar la agricultura.
“El impacto en los cultivos de quinua sería quizás la primera consecuencia», precisa el investigador.
Soluciones y desafíos para la quinua boliviana
En 2006, miembros de la comunidad de Aroma fundaron la Asociación de Productores Ecológicos de Quinoa y Camélidos (APREQC), cuyo objetivo es producir quinua orgánica para acceder a precios más altos y evitar los riesgos de los agroquímicos.
Muchos productores, incluido Choque, venden su quinua a través de APREQC o contactos personales que ofrecen un pequeño sobreprecio por el producto orgánico. Sin embargo, cuando la demanda a través de la asociación disminuye, muchos venden en el cercano mercado de Challapata, donde los compradores no distinguen entre semillas convencionales y orgánicas. Gran parte de esa quinua se introduce de contrabando en Perú y se exporta como si fuera de cultivo local.

La agricultura orgánica también se está volviendo cada vez más difícil. Si bien es obligatoria para los miembros de la cooperativa en Aroma, Condo Mendoza comenta que, cerca de Uyuni, esta práctica se ha vuelto insostenible. “Si no se usan pesticidas químicos, las lombrices atacan y dejan la quinua en pésimas condiciones”, dice. Aunque existen alternativas orgánicas y métodos regenerativos, muchos agricultores afirman que son costosos y no tan efectivos como los pesticidas químicos.
Los productores bolivianos afirman estar deseosos de eliminar a los intermediarios y vender directamente a los mercados globales. Su quinua real, cultivada en los suelos ricos en minerales que rodean el salar, se caracteriza por tener un grano más grande y un mayor valor nutricional que las variedades con las que se mezcla al exportarse a través de Perú.
Si bien los rendimientos de Bolivia son inferiores a los de Perú, expertos y productores aseguran que la calidad de la quinua real debería diferenciar el producto boliviano. “Lo que falta son políticas públicas que promuevan las exportaciones”, resalta Patiño Fernández, el agrónomo.
A pesar de que en 2020 dos variedades de quinoa real recibieron la denominación de origen protegida (DOP), de forma similar a como el champán solo puede provenir de una región específica de Francia, los beneficios económicos para los agricultores aún no se han materializado. La designación tenía como objetivo proteger las variedades únicas del Altiplano de la competencia extranjera y validar su calidad superior, pero los productores locales afirman que la demanda apenas ha variado.
“Es bueno tener una certificación, pero sin marketing y sin que se haga cumplir, no sirve de nada”, dijo a Mongabay Tamara Stenn, profesora de la Universidad de Suffolk en Estados Unidos, quien ha estudiado la quinua de comercio justo en Bolivia. “Se suponía que la certificación iba a aumentar el valor de su quinua, pero eso necesita el apoyo del gobierno”.

Según Patiño Fernández, muchos componentes de la planta de quinua aún no se han explotado: las hojas, por ejemplo, que tienen un mayor contenido proteico por peso que las semillas. La estación de investigación donde también trabaja ha desarrollado barras y galletas de quinua, con la esperanza de que logren afianzarse en el mercado nacional. Incluso la saponina, la capa amarga que debe lavarse antes de consumir el grano, tiene potencial industrial: antes de que las multinacionales dominaran el mercado boliviano, este subproducto se transformaba en jabones y una pasta dental conocida como Quino-Dent.
Orispo Choque, agricultor de quinua de toda la vida, expresa su preocupación por el impacto que los desafíos ambientales tendrán en la calidad y la productividad de los cultivos. “El calor es más intenso y la lluvia es escasa”, lo que podría frenar el crecimiento y reducir la oferta de quinua a medida que el cambio climático empeora. “Parece que ya estamos llegando a ese punto”, destaca el productor.
A pesar de los obstáculos, Patiño Fernández se muestra optimista: “Creo que es posible una segunda etapa para la quinua; pero debe hacerse con un enfoque sostenible”.
Imagen de portada: Campos de quinua cerca de la comunidad de Aroma, Bolivia, en el municipio de Salinas de Garci Mendoza. Fotografía de Benjamin Swift.
*Esta reportaje fue publicado en Mongabay. La traducción del inglés es de La Brava.