El secreto mejor guardado por 10 años

Por: María Ulo

Mariana ocultó por 10 años la violencia sexual que sufrió de parte de tres amigos de su pareja, quien fue cómplice del delito. De este no habló hasta que se animó a dejar a su esposo en plena cuarentena rígida.

Edición 12, lunes 30 de noviembre de 2020

Unas gafas oscuras ocultan sus ojos grandes, de los cuales el izquierdo es bizco. Se nota poco, aunque Mariana siente que afea su rostro. Ella carga una mochila color rosa, que, junto a su metro con 50 centímetros de altura, la hace parecer una colegiala. Pero ya tiene 27 años y es madre de dos niños. Sus últimos 10 años, además de aprender a ser mamá y a convivir con los golpes de su expareja, aprendió a guardar un secreto y vivir con la culpa de lo que ocurrió una noche.

Es una mañana de julio de 2020 y nos sentamos en unas gradas de la avenida Achachicala, del norte de la ciudad de La Paz, a modo de que descanse de vender en la calle. Estamos lejos del ruido ensordecedor del tráfico vehicular que abunda en el centro, donde nos encontramos las anteriores veces. Esta tranquilidad permite que Mariana (nombre cambiado) hable con calma sobre la relación con Miguel, su expareja, y la noche que fue violentada.

“Me escapé (de mi casa) con él cuando tenía 17 años. Un día me llevó a tomar a un cuarto y ahí me ocurrió la desgracia”, dice y su voz se quiebra, mientras mira un punto fijo.

De la desgracia de que la que habla Mariana se acuerda muy poco. Solo recuerda el momento en que despertó desnuda en medio de varios hombres ebrios y dormidos. Estaba adolorida, principalmente del vientre. Cerca de ella, había una mesa con vasos y botellas vacías de Ron Baradero y otras bebidas. El cuadro era infernal. Buscó a Miguel, quien en ese entonces era su enamorado, pero por más que rebuscó no lo encontró. La había abandonado en ese cuarto sucio con paredes despintadas y una puerta rota y vieja, ubicada en la zona de Villa Armonía.

“Mi amiga me dijo que él vio cuando sus amigos me violaron y no hizo nada. Yo no me acuerdo nada, solo que estaba desnuda en medio de tres o cuatro hombres cuando desperté”, relata y aclara que la amiga dejó el lugar cuando los agresores iniciaron a desvestirla.

Dice que por más que trata de borrar sus pocos recuerdos, fracasa cuando rememora que se casó con el hombre que observó indolente el delito y que luego ni siquiera mostró signos de culpa. Por el contrario, fue su verdugo implacable que varias veces la dejó con moretones en los brazos y la cara.

Decidió continuar con él porque pensó que finalmente halló al hombre que la cuidaría, por eso incluso, años después se casó. Un cuidado que anheló toda su vida, pues su padre la abandonó cuando tenía dos años y quedó huérfana de madre al poco tiempo.

Mariana no se atrevió a denunciar a los que la violaron y menos a contar a sus papás de crianza el horror que vivió esa noche. Temía que la culparan en lugar de ayudarla, debido a que poco antes dejó su hogar con un hombre que le doblaba la edad. Ella es una de las miles de mujeres que ocultan las violaciones de las que fueron víctimas en Bolivia, uno de los países con mayores casos de violencia sexual en Sudamérica.

“Lloré mucho y tenía miedo de haber quedado embarazada luego de la desgracia, pero cuando me bajó mi regla estuve tranquila”, explica.

Mantuvo el secreto por 10 años, en los que el recuerdo la atormentaba y que compartía el secreto con su esposo. Recién a inicios de este 2020, confesó a quienes la criaron como una hija el ataque vivido. Su familia al contrario de lo que ella creía, le comprendió y la contuvo, a diferencia de su esposo.

Mariana conoció a Miguel por una llamada equivocada a su celular. Desde la primera vez que habló con él, se le aferró como una niña que encuentra a su papá tras de una larga ausencia. Por eso, después de conocerlo un par de meses abandonó el colegio y se fue a vivir con él.

La luna de miel duró poco. Miguel empezó a desaparecer uno, dos y hasta tres días y cuando volvía estaba borracho. Muchas veces Mariana se quedó sin comida, pero cuando su pareja retornaba pensaba que su hogar estaba completo y así sentía que era feliz.

“A veces me abandonaba semanas y sólo tomaba té con pan. Ni siquiera vino al hospital a recogerme cuando nació mi primer bebé”, recuerda.

Su rostro se apaga cuando relata que tuvo noches y madrugadas eternas con miedo a que llegue a golpearla y violentarla sexualmente porque se negaba a tener relaciones íntimas. Los golpes se turnaban con los insultos y los gritos.

«Eres fea, ¿quién te va a querer con tu ojo deforme? No sirves ni en la cama», le repetía su esposo cada vez que la violaba.

Aunque ella no lo tomaba como una violación, porque había naturalizado todo tipo de violencia de su esposo, como ocurre con muchas mujeres dentro del matrimonio que se ve forzadas a callar y aguantar tener relaciones sexuales aunque no lo deseen.

“Mi cuñada me decía que la mujer está para satisfacer al esposo, para eso una se casa”, cuenta Mariana, mientras reflexiona sobre esas palabras que la cercaron mucho tiempo, pero que ahora sabe que no es ni cierto ni normal.

Tras terminar de hablar sobre el tema, Mariana se para y vuelve a su trabajo de vendedora ambulante de alcohol en gel.

***

Es mediodía de un sábado de noviembre y el sol casi quema. Una brisa suave nos refresca a Mariana y a mí, mientras vemos que su hijo de nueve años juega en un resbalín y su niña de cinco, en el columpio del parque de Achachicala. Mariana los mira con ternura y detenidamente mientras habla sobre su gran decisión: separarse de su verdugo.

Aquella madrugada de marzo de este año, al igual que otras varias, Miguel había echado de su casa a ella y a los niños, sin importarle que en el país se vivía cuarentena rígida por la pandemia del coronavirus y que no había transporte ni ninguna actividad.

“No vales nada, ¿qué haces en mi casa?”, gritó Miguel, cuando Mariana le reclamó su ausencia de una semana y su tufo a alcohol, que revelaba su estancia en un cementerio de elefantes, ahí donde muchos bebedores consuetudinarios beben hasta morir.

Tras los gritos, ella se armó de valor, metió unas cuantas ropas a su mochila y decidió salir de su hogar con sus dos hijos a cuestas. Ni siquiera el hecho de caminar por más de cuatro horas en medio de la cuarentena le impidió dar el paso para iniciar su separación.

Días después de estar a salvo con su familia, fue a denunciar maltrato intrafamiliar. Así su denuncia es una de las 1.594 interpuestas por violencia en la Defensoría Municipal de La Paz, entre enero y septiembre de este año.

“Mi denuncia por violencia intrafamiliar la presenté hace más de medio año y no avanza. El abogado que me ayuda me recomendó priorizar la asistencia familiar y mi esposo ya fue notificado para el 2021”, detalla.

Entre tanto, Miguel no se responsabiliza de la manutención de sus dos hijos. Incluso, le dijo que solo los mantendría si vuelven a su casa. “Tú has decidido ser madre soltera. A ver hasta dónde aguantas”, le advirtió la última vez que hablaron.

Pero esas palabras no afectaron a Mariana, quien trabaja en lo que puede para mantener a sus hijos. En todo este tiempo trabajó de panadera, vendedora y lavando ropa.

Los niños no se cansan de jugar en este colorido parque, que se convirtió en el refugio de ellos y Mariana, principalmente cuando esta no encuentra trabajo. Pese a ello, luce más segura y tranquila que la primera vez que la conocí, hace ya cinco meses, en una protesta de mujeres que demandaban agilizar las investigaciones de violencia contra la mujer.

A veces le tritura el alma, al escuchar que su hija recuerda cuando su padre los botó del que creía su hogar. Pero, al mismo tiempo, siente alivio porque ahora está libre de los insultos.

Incluso ahora se imagina paseando en la playa de Iquique, donde vive su hermana mayor y espera viajar muy pronto. Su principal interés es estar tranquila, como se lo prometió cuando se alejó de su esposo.

“El estrés reactiva mis ataques de epilepsia. Tengo que estar sana y vivir para mis hijos”, dice con voz clara y va al encuentro de los niños.

Se ve fuerte y decidida a lograr el mayor reto de su vida: criar sola a sus dos pequeños. El apoyo de su familia que le albergó en una sencilla vivienda, donde no le falta la comida, le da las fuerzas para continuar y no pensar en retornar a su anterior vida de violencia.


María Ulo Choquehuanca es periodista paceña de televisión. Ahora se colocó el reto de incursionar en las crónicas escritas. Actualmente trabaja en la Red ATB.
María Ulo Choquehuanca es periodista paceña de televisión. Ahora se colocó el reto de incursionar en las crónicas escritas. Actualmente trabaja en la Red ATB.