Elena, la mujer que nunca tuvo vacaciones

Esther Mamani

CUIDADOS: Desde niña, Elena se encargó de sus hermanos, lo que le impidió continuar con sus estudios. Luego continuó con la tarea de cuidar a su propia familia. Ahora, a sus más de 60 años, poco conoce del ocio. Con esta crónica La Brava inaugura una serie de historias que hablan de los cuidados -que históricamente recayeron en las mujeres-, con el fin de aportar en la reflexión sobre el trabajo doméstico.

Edición 63. Martes 26 de julio de 2022

La niñez de María Elena Torres terminó a sus 10 años. La armonía de una familia en Oruro con cuatro hijos se esfumó sin que ella entendiera las razones de sus progenitores para separarse. Ya sin su mamá en casa todas las tareas de cuidados cayeron sobre la pequeña. Había visto lo que hacía su madre y pensaba que ella como hermana mayor tenía que encargarse de todo. Así lo hizo. Tomó las riendas del hogar, ante la ausencia de la madre y el descuido del padre, quien pasaba la mayor parte del tiempo en un bar.

Corría los años 50 del siglo pasado y Elena tenía que preparar el desayuno, organizar las carpetas de sus hermanos para ir a clases, ver que en la cocina haya verduras para cocinar, revisar que no falte pan, barrer el patio; lavar, doblar y guardar la ropa entre otras tareas. Ella rememora ese tiempo como lejano, no da detalles porque si lo hace en sus ojos llueve. Todavía duele el haberse sentido sola ante tanta carga.

“Papá es papá no más, ya no nos cuidaba, seguía con nosotras, nos amaba, pero no nos atendía. Creo que de decepción empezó a beber”, recuerda hoy, a sus 62 años, en la plaza del municipio de Viacha, donde vive hace más de tres décadas.

Elena no aparenta su edad, las canas no son multitudinarias y tampoco las arrugas. Las que sí develan el paso del tiempo son sus manos: uñas más gruesas de lo normal y arrugas que combinan con las manchas cutáneas, producto del envejecimiento; aún así no dejan de estar inquietas.

El frío de Viacha —que llega hasta menos dos grados en épocas frías— ha golpeado con fuerza sus dedos y tiene que ponerse guantes de lana que los dejan al descubierto para los ajetreos de atender su puesto de golosinas y refrescos.

Hace más de 30 años que es comerciante. Su anaquel está en la plaza principal de este municipio altiplánico del departamento de La Paz. 

Es enero de 2022, y los rayos del sol regalan un poco de calor, lo que ayuda a la venta del nuevo producto que sumó a su stock: refresco hervido de mocochinchi (durazno deshidratado). Precisamente, un grupo de adolescentes piden siete vasos para refrescarse.

Para no hacer esperar con el cambio a sus clientes, Elena busca ágilmente sus monedas en sus dos bolsillos grandes de su mandil café, con el que siempre trabaja. Para acelerar el proceso pide ayuda con la mirada a Diego Magne, su esposo, quien es tímido para hablar y tiene algunos problemas auditivos.

Elena lo conoció en Oruro, cuando ella era adolescente. Es su primer y única pareja.  

Cuando ella habla de su niñez es inevitable el llanto. Como un gesto de apoyo su compañero se acerca para abrazarla y le acerca un pañuelo desechable. “Vamos a descansar ya no vamos a salir temprano. Ya hija, tranquila”, le dice, q modo de recompensar que casi toda su vida estuvo ocupada.

“Si no era yo, entonces nadie iba a ayudarle a mi papá”, justifica su labor de niña.

Su relato es interrumpido en varias ocasiones pues ahora debe vender agua en bolsa, jugos hervidos, chocolates y alguno que otro barbijo.

La mamá de Elena murió cuando ella era adolescente o al menos eso le dijeron. De su padre no tiene pistas y en ambos casos prefirió no investigar. Ella se crío a sí misma y a sus cuatro hermanos: dos mujeres y un hombre. Además, para sustentar la manutención de su hogar limpiaba casas ajenas.

Siempre ocupada

Elena cuidó a sus hermanos hasta que se casó con Diego. Con él formó su propia familia, a la que también tuvo que cuidar, repitiendo lo que hizo de niña. Dejó los estudios a un lado por estas circunstancias. Ese cuidado lo hizo en un nuevo lugar. La oferta de empleo en la empresa Cementos Viacha para su esposo los hizo migrar.

La mujer no quería trabajar solamente en casa y se las ingenió para seguir vender verduras en Viacha como lo hacía en Oruro. La idea fue un fracaso y por eso pasó al comercio de golosinas.

Diego y Elena tuvieron cinco hijos: Mirta, Diego Armando, Eddy Armando, Ruddy y Eliana, ocho nietos y por ahora ningún bisnieto. Tras cuidar a sus hijos, también ayudaba en el cuidado de sus nietos, debido a que todos vivían en la misma vivienda. “Es bien bonito cuando la casa está llena”, dice.

Es julio y Elena está con Daniela, su nieta adolescente, quien escuchó desde niña sobre el sacrificio de su abuela.

“Esas veces trabajaba en varias casas por un plato de comida y creo que su madrastra le maltrataba, no sé bien”, cuenta la nieta, una muchacha menuda de ojos grandes, quien acompaña a todo lado a su abuela.

Tras ser madre, Elena nunca dejó de estar activa. Así la recuerda Mirtha, su hija.

—Después que yo he nacido ella (su mamá Elena) no podía estar tranquila. Me cargaba y salía a vender, yo he crecido en el mercado con ella”, dice Mirrha, por videollamada te tiene con Daniela.

—Qué opina de que su mamá fue cuidadora de niña y lo continuó con ustedes. ¿Qué le parece que las mujeres sean las encargadas del trabajo doméstico? —, le pregunto.

—Las mujeres son más responsables —reflexiona Mirtha a la que se escucha desde el celular de su hija.

Para Daniela todo es diferente, ella cree que las mujeres tienen derechos al descanso y que su abuela debiera tomar vacaciones, pero también entiende que “no puede estar sin vender”.

El estado de ánimo de Elena se regula con las tareas de la casa. Está acostumbrada a trabajar, trabajar y seguir trabajando. Todos en casa lo saben así que intentan no enfadarla. Como un secreto Daniela cuenta que ve cómo su abuela vuelve a lavar los platos que ella lavó anteriormente.

Para Elena era importante enseñar a sus hijas a mantener la casa limpia y se ocupó de explicarles bien todas las tareas que cumplir para ello. Su hija Mirtha recuerda bien eso.

Un informe del Centro de Promoción de la Mujer Gregoria Apaza demuestra que mujeres como Elena son cuidadoras sin remuneración económica. Y es que cuidar es un trabajo, aunque por la asignación de roles estas tareas quedaron relegadas a niñas, adolescentes, mujeres adultas y mujeres de la tercera edad.

“Las mujeres destinan hasta siete horas por día al cuidado de personas dependientes en su hogar (niños y niñas, personas adultas mayores y personas con discapacidad), durante el confinamiento (por la pandemia) lo hicieron hasta 11 horas por día. No solo se dedicaron al trabajo de cuidado no remunerado, sino que también garantizaron la continuidad de la educación de los niños y niñas, (en muchos casos) trasladaron su trabajo remunerado a casa y asumieron la protección de familiares enfermos en sus hogares y fuera de ellos”, resalta el reporte de una de las instituciones con más años en la lucha de los derechos de las mujeres.

El tiempo que las mujeres dedican a las tareas de cuidado es invertido por los hombres en educación y su consecuente incorporación al mercado laboral. Hay una desventaja desde hace muchos años que restringe las oportunidades para mujeres y en consecuencia su autonomía económica y política y realización de vida. Se ha enraizado tanto este concepto que mujeres como Elena sienten culpa cuando se habla de vacaciones.

Sin descanso hasta los 62 años

Las manos de Elena parecen de trapecistas, hacen malabares para dar cambio a los clientes, servir refrescos hervidos, alcanzar los pedidos de niños y niñas y acomodar los dulces y chocolates para que más personas quieran comprar. Todo a la vez.

A su edad ella se siente joven, sólo una cosa la perturba: no tener las fuerzas físicas para alzar bolsas como hace algunos años.

 “Me levanto en la mañana, hago algo en la casa y preparo mis cositas para salir a vender. Llego en la noche preocupada para ver qué voy a ofrecer al día siguiente. Es mi rutina, pero ahora reniego porque ya no hago rápido las cosas, parece que ya necesito ayuda”, reclama.

Ella no sabe lo que es descansar, ni siquiera cuando tuvo Covid-19, hace dos años, quiso dejar su puesto. “Cuando se ha enfermado mi familia, les hemos curado a todos. Con hierbas, con mates y fricciones nos recuperamos. Nosotros (ella y su esposo) igual estábamos enfermos y no sentíamos sabores, por eso sabemos que nos ha dado coronavirus”, recuerda.

Durante la cuarentena rígida no tuvo más remedio que cerrar todo. Fueron días de tormento para ella y su familia, porque los ingresos mermaron. La recuerdan de mal humor y aseando constantemente su habitación y otros ambientes. Cuando las restricciones se levantaron mucha mercadería estaba vencida. Luego sumó a su stock la venta de insumos de bioseguridad contra el virus: barbijos, pequeños frascos con alcohol en gel y mascarillas.

La pandemia en su etapa de confinamiento dejó en mayor evidencia que las mujeres trabajan dentro y fuera de casa, enfermas o no. La psicóloga Elizabeth Peredo explica este fenómeno: “Gracias al cuestionamiento que hizo el feminismo se ha logrado conceptualizar las ‘labores domésticas’ como trabajo que, si bien no produce plusvalía en el sentido estricto, produce bienes materiales y simbólicos de importancia fundamental en procesos de reproducción social y económica y sin los cuales la esfera productiva de la sociedad no estaría garantizada”, detalla en una investigación.

Ese informe titula: “Mujeres, trabajo doméstico y relaciones de género: Reflexiones a propósito de la lucha de las trabajadoras bolivianas”. El documento fue elaborado para el Consejo Latinoamericano de Ciencias Sociales y hace énfasis en diferentes autoras que, desde los años 90 e inicios de los 2000, explicaron que las tareas de cuidados en casa y cumplir labores domésticas es un trabajo aun si no existe una retribución económica.

Sin vacaciones

Al igual que miles de mujeres, debido a la naturalización, Elena no ve las tareas de cuidado como un trabajo, sino más bien como algo que tiene qué hacer. Hacer dos o tres cosas al mismo tiempo no parece incomodarle. Sonríe y confiesa que sí reniega cuando no está haciendo nada.

El 2014 Viacha fue elegida por el Gobierno para la realización de una campaña masiva contra la violencia hacia la mujer. Aunque los esfuerzos estaban enfocados en la población joven, entre 14 y 24 años, los mensajes emitidos por radio fueron interpeladores para otros grupos etarios como el de Elena.

“Yo me acuerdo que hablaron mucho de las horas de trabajo, de si tenemos tiempo para hacer lo que nos gusta. A mí me gusta ver películas echada en mi cama y viajar porque pocas veces he salido así para pasear y no de trabajo”, relata, soltando algunas sonrisas.

Esta mujer, de 62 años, nunca tuvo vacaciones y sus horas de descanso son mínimas. La nieta de Elena recuerda que una vez su abuela viajó a Oruro por tres días y fue el tiempo más largo que no la vieron trabajando en casa. Elena visitó a su suegra, pero allá también estuvo con actividades, buscando mercadería para su anaquel.

En los últimosmeses, Elena hizo algunos cambios en su vida. Ahora abre su puesto un poco más tarde y se va más temprano. Todavía no considera un tiempo para realizar un viaje y tomar vacaciones, pero sí está dispuesta a dedicarle menos horas de trabajo.

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Ilustración: Merlina Anunnaki.

Fotografías: Rocío Condori.


Esther Mamani
Esther Mamani

Es periodista y reportera inquieta. Aprendiz que espera dibujar con palabras. Trabajó cinco años en ATB. Fue becada de la DW y Distintas Latitudes 5G. Es colaboradora de Muy Waso y cubre temas de la periferia. Se esfuerza por enorgullecer a Amelia.