La magia de tres árboles bolivianos

Ara Goudsmit Lambertín

El toborichi, la queñua y el castaño serán los protagonistas de una fabulación científica, histórica y mítica, una narración de enredos multi-especies con fecundas asociaciones para la supervivencia terrestre. A pocos días del Día Mundial del Árbol, la autora narra cómo se entretejen la vida de estos seres de la Amazonía, Andes y Chaco con los habitantes de estos lugares.

Foto: Paola Lambertín

Ilustración: Pol

Edición 24. 3 de mayo de 2021

¡Árboles!
¿Habéis sido flechas
caídas del azul?
¿Qué terribles guerreros os lanzaron?
¿Han sido las estrellas?

Federico García Lorca.

Magia científica

Como el impacto de un meteorito, la economía acelerada y rapaz destruye lo que está a su alcance. En 2020, Bolivia obtuvo el tercer puesto por ser el país con más  deforestación a escala global. Durante los últimos 30 años se perdieron 420 millones de hectáreas de bosques, más del doble del total de la superficie de todo México o cuatro veces el tamaño de Bolivia.

Si tuviéramos que irnos a Marte porque aquí la vida ya no es posible, en nuestras maletas tendríamos que llevarnos todos los otros seres que nos componen y nos permiten existir, entre ellos, los árboles.

De todo lo que está vivo y entre todo lo que alguna vez vivió en el planeta, es decir la biomasa, el 90% está compuesto por árboles, seres de gigantez compacta, los más longevos y quienes andan rondando por la Tierra hace casi 400 millones de años.

Los árboles alcanzan proezas bioquímicas. Mediante redes de hongos y raíces subterráneas, construyeron una compleja red de intercambios para enviar nutrientes y minerales a quienes les haga falta. También envían olores a través del aire para advertir amenazas a sus compañeros. Los árboles se comunican entre sí.

Cuando comencé a pensar, y sobre todo a sentir,  la realidad de los árboles no dejé de verlos alegrando la opacidad urbana y exhibiendo sus geometrías que rompen con nuestras cuadradas construcciones. Los observo respirar por nosotros los gases condensados y aturdidores de millones de máquinas que circulan.

Al leer el libro “La vida de los árboles” del botánico Francis Hallé, encontré un lugar apto para encender los fuegos que apremia el conocimiento para la supervivencia del planeta. La conservación de la Tierra no era sólo una temible urgencia, sino una oda a la belleza de la naturaleza en su infinita creatividad. Esa vez, lo más parecido a la magia y sus trucos que hacen aparecer otra realidad, era la ciencia que me hacía sentir que este mundo es mucho más fantástico de lo que ella quisiera admitir. Sentía que (ciencia y magia) ambas estaban guiñándose y que presentar la objetividad científica con sus muros de contingencia a la emoción era imposible.

Los árboles son maestros que nos hacen aprendices del vivir.

Ellos murmuran, junto a la compañía del viento, los sonidos del océano. Con ritmos orquestales, los árboles pueden ser vistos danzando al son de la brisa. Nos enseñan a aprender a mirar con todos los sentidos.

Nutren la imaginación humana al mostrarnos a criaturas simbióticas en relación y a sus remanencias que fluyen en la biosfera que nos incluye. En estos encuentros existe la posibilidad de construir una profunda intimidad entre ellos y nosotros, misceláneos de varios otros.

Árboles, sabedores: sin ustedes, no.

El castaño histórico

Castaño añazónico. Ilustración: Pol.

Entre los 390 millones de árboles y la infinidad de plantas que hay en el Amazonas crecen los castaños. Estos son excelsos y colosos árboles que llegan a medir hasta 60 metros (¡más de veinte veces la altura de una casa promedio!). El castaño es camaleónico y aventurero y nuestra historia humana está tejida en su historia natural.

Al disputar la idea que la Amazonía es un lugar virgen, las andanzas del castaño emergen como una travesía de longevos alientos. Este compañero de enredos fue dispersado por pueblos amazónicos antes del 3.000 a.C., los caminantes de las selvas en sus aventuras dispersaron ampliamente sus semillas. Desde la región brasileña de Pará, el castaño viajó largos caminos hasta llegar a la cuenca del Orinoco en Colombia y Venezuela, paseando también por Perú, Ecuador y Bolivia.

Los árboles, silenciosos sabios, caminan sin pies.

“Un árbol sabe mucho de historia pero nunca habla”, fue la primera respuesta de un comerciante debajo de un gran Ficus cuando le pregunté qué le parecía ese enorme ser que nos cobijaba.

Abejorros, roedores y múltiples especies animales también transportan al peregrino.

Sus frutos, quienes van envolviendo su largo tronco, no sólo recorrieron selvas, también conocieron el éxodo continental cruzando distintos océanos. Ellos llegaron a barrigas del hemisferio norte. Las nueces que contienen esos duros cocos son el producto forestal no maderable más importante de toda la Amazonía y Bolivia es el mayor “castañero” en el planeta.

El castaño carga con la delicia de ser un árbol quien, por su no rareza, evita la deforestación. Donde hay castaños la tala es gigantescamente menor. Habitan el mundo por 200, 500, hasta mil años. Milenarios árboles protegen el futuro del planeta con estar allá y ahora. Entre 40 a 60 mil personas —la mayoría indígenas— trabajan en la recolección y acopio de sus semillas.

Hay quienes llaman “campeones” a sus árboles estrellas que les dan más semillas. La palabra campeón se deriva del lombardo y significa “paladín —persona valiente y honrosa— que combate en defensa de otro”. En efecto, los castaños campean, vivifican.

Aun así, admirarlo sólo desde su fuerza económica arrastra lastres de explotación hacia los recolectores. En Bolivia, las relaciones árbol-humano fueron violentas: quinas, cauchos y castaños tienen las huellas de las manos de la desigualdad.

Necesitamos enmarañarnos en nuestras historias viscerales con el árbol. Los montajes existen para descolocarnos y ver que el ser-humano está presente en el ser árbol: nuestra existencia se compone a través de otros.

En los canales de nuestros intestinos navegan nutrientes; aterrizan vitaminas a nuestro cerebro. Además de cocinero, su corteza es curandera para sanar el cuerpo. Somos un ser colectivo, una composición de células sociales.

Íntimas relaciones se entrelazan.

La queñua fogosa

La queñua. Ilustración: Pol.

El bosque a más altura del mundo está ubicado en Oruro, a 5.200 m.s.n.m.. Las queñuas son los únicos árboles que pueden cumplir con, literalmente, sus altas exigencias. Para ellas, la vida comienza a más de 3.000 metros.

Al hablar de trucos que construyen y sorprenden la realidad, las queñuas nos llaman y dicen: “¡vean cómo nosotras hacemos llover!”. Sus hojas, que salen de ramas torcidas y extrañas, capturan agua de aires y neblinas. La queñua transpira lo que bebe y muchas queñuas transpirando son un bosque que crea la lluvia. También emanan agua por raíces invisibles a nuestros ojos y, así, forman manantiales.

Las queñuas vivifican el aire de las altas montañas donde el oxígeno es un bien preciado. Son la mejor guardia para controlar la temperatura y, en esta vigilancia, crean climas para que lugareños siembren su comida.

Dan una existencia donde la vida sí es posible cerca a los cielos, con agua, comida y calor: su madera es fuente de energía.

Si asumimos nuestra ascendencia arborícola, hay rasgos que denotan que lucimos como lucimos por los árboles: manos diseñadas para agarrar ramas y ojos trazados uno a lado de otro para observar atentamente relieves y distancias para no caer y morir en el suelo.

El árbol fue el compañero que, con sus cortezas, ramas y troncos, abrió las puertas a convertirnos en humanos al encender el fuego y transformar aquello que nos rodea. De la mano del fuego, con inminente colaboración del árbol, hemos ido transfigurando la materia e iniciado posibilidades imprevistas para estilizar nuestra carrera evolutiva.

Hilamos pensamientos para realizar el montaje de nuestra existencia: sin un árbol como la queñua, no podríamos ser lo que ahora somos. Ningún ser vivo puede emerger y vivir sin cercanas relaciones con otras especies.

Sobrevivir significa “ir más allá de la vida”. Permanecemos en esta existencia con múltiples ausencias, como una queñua destinada a la combustión. Continuamos viviendo a través de la muerte de otros. Al tentar al exceso, su muerte abre el limbo peligroso del abatimiento.

El toborochi mítico

El toborichi. Ilustración: Pol.

Rara, preponderante y con reptilianos rasgos en su corteza, la ceiba chodatii es el toborochi icónico del Chaco boliviano. Ella conoce los cambios del tiempo con sus deslumbrantes mecanismos de adaptación. Sabe cuándo es el momento adecuado para perder todo su follaje para resistir a las sequías.

El viento se une a las mariposas, los murciélagos y colibríes para esparcir las semillas de toborochis y regar su belleza. Estos animales dependen de la comida de sus frutos, y el árbol prolonga su existencia en estos recorridos aéreos.

Nos-Otros contamos historias para trazar el mapa de los territorios que buscamos recorrer. Uno de los intérpretes de nuestro horizonte fue el árbol. En el Edén, junto a las rebeldías de Adán y Eva, estaban trazados sus ramas y deseables frutos. Yggdrasil es el Árbol del Conocimiento en la mitología nórdica, cuyas raíces unen a los nueve mundos que componen su cosmos.

En cada historia particular, el árbol se erige como la historia universal, quien nos regala sentidos, además de vida. Esta sensibilidad emerge en palabras de Víctor Hugo: “No puedo mirar la hoja de un árbol sin sentirme aplastado por el universo”.

En el Chaco, los y las guaraníes son parte de esta relación:

Araverá, el “Destello del Cielo”, era una mujer preciosa y fuerte sin igual, que la llevaron a juntarse con el mismísimo Chinu Tumpa, el dios Colibrí. Su unión trajo la promesa de parar la destrucción de los Aña, seres oscuros que pululaban por los bosques: Araverá y Chinu Tumpa tendrían un hijo quien se convertiría en el payé, el chamán capaz de detenerlos. Los Aña temieron tanto el poder del futuro hijo que iniciaron una gran persecución para capturar a la futura madre. Ella huyó pavorosa y, por el cansancio que iba sintiendo, decidió ocultarse en el toborochi encantado que le abrió sus puertas. Allí dio a luz al niño-payé, quien al crecer salió del árbol y cumplió su cometido. Ahora Araverá aparece en forma de flores para que los colibrís beban su néctar.

El toborochi es un árbol protector; en su enorme barriga guarda la fecundidad del mundo.

La planta perenne

“La ciencia describe con precisión desde afuera, la poesía describe con precisión desde adentro. La ciencia explica, la poesía implica. Ambas celebran lo que describen”, dice Úrsula K. Le Guin, escritora estadounidense.

Espíritus místicos y poéticos brotaron para imaginar y vivir, espíritus científicos emergieron para especificar y sorprender.

Millones de árboles cargan una poderosa expresión que está retumbando en un mundo dañado. La ciencia y la mítica se encuentran en nuestras formas de verlos y escuchar su silencio donde la vida florece.

Nosotros aprendemos de ellos, nunca al revés.

* Un agradecimiento especial a Daniel Larrea y Alejandro Murakami, investigadores del Herbario Nacional de Bolivia, por su trabajo con árboles y nuestro diálogo.

* A José Lambertín, quien toda su vida ha practicado el acto sublime de plantar árboles.


Las casas conversadas: diseñar viviendas sociales desde los territorios
Las casas conversadas: diseñar viviendas sociales desde los territorios

En el Territorio Indígena Multiétnico (TIM) del departamento de Beni, la Agencia Estatal de Vivienda ha construido casas sociales en más de diez comunidades, según calculan los dirigentes. ¿Cómo funciona este proceso? ¿Qué piensan quienes las reciben, y quienes estudian sus arquitecturas?

El corazón de algunas casas es una mesa larga de madera, testigo de alimentos y de palabras, el desayuno con joco, el zapallo dulce de la selva, la antesala de las ideas.  Conversamos en mesas ubicadas en el Territorio Indígena Multiétnico (TIM), en el departamento de Beni, Amazonía boliviana. Allí, la Agencia Estatal de Vivienda, perteneciente al Ministerio de Obras Públicas, Servicios y Vivienda de Bolivia, ha construido viviendas sociales en más de diez comunidades, según calculan los dirigentes. ¿Cómo funciona este proceso? ¿Qué piensan quienes las reciben, y quienes estudian sus arquitecturas? Hacia estas respuestas vamos.

El comienzo

Para llegar a la comunidad de Santa Ana de Museruna hay que pasar haciendas ganaderas, una tras otra, y atravesar, y saludar al río Apere y Cuberene. Está ubicada en el TIM, a una hora del pueblo de San Ignacio de Moxos.

Don Malaquías Rossell, corregidor de la comunidad, detuvo el revocado de su casa para conversar. Sus manos están llenas de ampollas. Él es parte de la construcción de cuatro viviendas sociales: la de sus dos hijas, que son madres solteras, su hijo, y la suya. Hace cinco años ya habían intentado obtener casas construidas por la AEV. El primer planteamiento lo hicieron través de asambleístas departamentales. Sin resultado. Luego, cuando aún no eran un gobierno autónomo indígena, exigieron viviendas al municipio de Santa Ana del Yacuma. Tampoco funcionó.

Malaquías Rossell, corregidor de la comunidad de Santa Ana de Museruna. Foto: Ara Goudsmit.

La solicitud fue aceptada, finalmente, en 2024. Tenían cupo para sesenta viviendas, pero el Estado los puso a prueba: primero debían hacer cuarenta y, luego, si todo iba “bien”, construirían las veinte faltantes.

“Estamos agradecidos”, “queremos estas casas”, “tenemos el derecho a ellas”, son algunas de las expresiones alrededor de las viviendas de la AEV. El piso de cerámica se contrapone al suelo de tierra. El ladrillo es más duradero, escuché decir, y más efectivo para que los animales no ingresen al hogar. En época de lluvia, los mosquitos se llenan como nubes negras que rondan tras los cuerpos, las manos deben trabajar arduamente para ir espantándolos y traen enfermedades. Por eso, las mallas de protección contra insectos para las ventanas constituyen un elemento central en la construcción de viviendas sociales en la Amazonía.

Una casa en proceso de construcción en Santa Ana de Museruna. Foto: Ara Goudsmit.

En Bolivia, el derecho a la vivienda fue reconocido como un derecho fundamental en la Constitución Política del Estado de 2009. Pero, para acceder a este derecho, hay distintos programas. Museruna no entró al programa de Viviendas Nuevas de la AEV —donde todo está financiado, por eso las llaman “con llave en mano”—, si no al de “Vivienda Cualitativa” o, mejor dicho, de “autoconstrucción”. El Estado contrata a una empresa, ésta lleva los materiales y, en teoría, debe capacitar a las familias para que construyan las casas con sus propias manos. La contraparte es la mano de obra.

En la comunidad pensaron que sería más o menos fácil y posible, pues acordaron procesos de formación y la entrega a tiempo de los materiales. Pero cuando los acuerdos no son cumplidos, contamos una historia de trampas.

Con tiempo y sin insultos, por favor

La oficina de Pedro Medina, director de la AEV regional Beni en Trinidad, tiene aire acondicionado. El cuarto es amplio y frío. Él fue la única autoridad estatal contactada que accedió a tener una entrevista. Ahí aseveró que, cuando las viviendas son de autoconstrucción, las empresas contratadas realizan una capacitación en albañilería a las familias beneficiarias. Sólo así es posible culminar el proyecto entre tres y cinco meses.

Las casas de Museruna no tienen aire acondicionado y son de un solo cuarto, aunque hay familias con ocho hijos, y se supone que la evaluación social de la AEV debería considerar estos factores para construir diseños con uno, dos o tres cuartos. Además, tuvieron que exigir el cambio del primer diseño “socializado”, porque tenía muy pocas ventanas, iba a ser una casa oscura donde no iba a poder entrar la brisa. Llevan más de diez meses tratando construir las viviendas.

En la zona, es usual quemar motacú para alejar a los mosquitos. Foto: Ara Goudsmit.

Don Malaquías hace una pausa del trabajo e ingresamos al lugar que será su antiguo comedor, en una casa de madera:

—Los técnicos que envía la empresa no sirven para nada. No quieren que nosotros aprendamos. Mandaron tres para cuarenta casas. Porque se creen técnicos ya no quieren agarrar un ladrillo, agarrar mezcla. Venían a decir “está mal” y lo derrumbaban. Era un trabajo perdido, casi como hacerse la burla. Levantábamos un metro, decían “está mal” y lo volvían a tumbar. Son autoridades que, si bien son profesionales, respeto que hayan estudiado, pero deberían tener respeto también por la gente con la que están trabajando, los comunarios. No saben ni saludar estos señores, ni siquiera piden: “¿por qué estás atrasado?, ¿qué es lo que te pasa?”.

El don de la palabra, que es la gracia del tono y ritmo, y de la sencillez y claridad, lo tiene don Malaquías, quien continúa indignado:

— Son autoridades que, si bien son profesionales, respeto que hayan estudiado, pero deberían tener respeto también por la gente con que están trabajando, los comunarios, no saben ni saludar estos señores, ni si quieran piden: “¿por qué estás atrasado?, ¿qué es lo que te pasa?”. Llegan nomás y dicen: “ustedes están atrasados, ¿por qué no trabajan? Ustedes son unos flojos”. No se tiene que ser así. Ser más humanos. Era gente mañosa, que promueven el desánimo.  Eso es lo triste. A lo mejor uno está rendido, adolorido, uno se enferma también. Hace unos cuatro días vino el dueño de la empresa. Ni se bajaba de su movilidad. Fue un compañero y le dijo: “bájese pues, conversemos”.

Y el empresario le dijo que él debería estar construyendo su casa, que cómo tenía tiempo para ir a mirar lo que él hacía allí, que era un flojo. El comunario respondió que ellos estaban haciendo su casa de acuerdo a su posibilidad, y que no es posible que les digan flojos sin saber por lo que estaban pasando. Don Malaquías menciona que, al menos, necesitan tres días de la semana para ir a trabajar en su chaco, donde cultivan sus alimentos, no ganan un sueldo y también necesitan ir a cazar y pescar. 

— Eso, elay, nos está pasando —concluye el corregidor.

Clara Rossell Amblo, secretaria de Tierra y Territorio del TIM. Foto: Ara Goudsmit.

Clara Rossell Amblo, actual secretaria de Tierra y Territorio del TIM, ex presidenta de la Organización de Jóvenes Indígenas Mojeños (OJIM) y representante legal de Museruna ante la AEV, mencionó que sólo una vez tuvieron un taller sobre cómo asentar cimientos.

— El ingeniero lo mostró y zas, y listo y todo mundo miró. La sufrimos harto.

Su hermana, Sara Rossell Amblo, presidenta de la Subcentral de Mujeres del TIM, añadió que no tardaron más de cinco minutos en explicar el revoque. En su familia hacen turnos para construir. Tres días una casa, luego la otra. Sólo así es posible avanzar.

En abril debían haber empezado, pero la empresa no cumplió con los acuerdos: el material llegó dos meses después, en junio. Traían las cosas de forma incompleta, como a picotazos. Llevaban ladrillo, pero no cemento, llegaba el cemento, pero no la arena. A pesar de que el atraso era de la empresa, las familias recibían notificaciones, regaños y malhumor por no tener adelantos.

La dirigente Clara, contundente, dice que la AEV necesita volver a evaluar el tiempo de construcción con las familias que no saben cómo construir.

Rossell señala en la maqueta la primera ventana que hicieron aumentar en el diseño para tener más ventilación y luz. Foto: Ara Goudsmit.


 Escuchar al territorio

En una mesa larga y rojiza, de patas de madera de mara y tablas de cedro, con más de cuarenta años ordenando la compañía, la familia Muiba Inchu comparte sus ideas. Las voces están mezcladas con los sonidos de sapos y ranas que parecen decirle algo a la lluvia que no paró durante toda la tarde. Es de noche y el coro que nos acompaña refleja el sonido agudo de un maullido de gato al ritmo de una ambulancia, mbiuaaauuu, mbiaaauuu. Ante las conversaciones de estos anfibios, es necesario alzar la voz para escucharnos.

Simón Muiba es hijo del río Apere, cuerpo de agua que da vida y sustenta a varias comunidades del TIM. Es un líder joven, con palabra afilada y sin temor a hablar desde su pensamiento. Para él, lo más importante es abrir el camino “para mirar, donde puedas reflexionar”. Esa mirada es una que ve hacia adentro, ¿qué quieres? Y luego, hacia afuera, ¿qué queremos y qué es posible? El problema, para Muiba, es que los proyectos ya vienen diseñados:

—Dicen, “esto tenemos para acá” y listo. No ceden esa oportunidad y uno, a veces, por la necesidad, acepta. Los espacios de las viviendas sociales son como de la ciudad y vienen con un solo diseño, sobre todo que no vienen pidiendo, digamos, si les gusta este modelo o qué le pueden mejorar. Por ese motivo, yo digo que es colonizador, porque vienen ya imponiendo y que, si la gente lo acepta, que lo acepte, y si no, no, ya no hay nada.

Simón Muiba Inchu frente al río Apere. Foto: Ara Goudsmit.

Simón y su madre, doña Victoria Inchu, otra lideresa de corazón inquebrantable, sienten que su territorio es la historia de la amplitud:

—Nada es chiquitito, no es como en el pueblo, eso es comprado, uno lo compra por metro y así cabalito van las casas, medidito, en cambio nuestro vivir no es así. En el campo, estás libre, tienes gallinitas donde escarbar, no está medido por metrito, no hay límite en nuestro vivir en el campo —narra Victoria, y Simón apoya a esta idea.

—Siempre hemos vivido en espacios grandes. Nuestro territorio es amplio. La verdad es que nuestro ambiente es abundancia y nuestras familias son numerosas, no somos reducidos.

Don Bernardo Muiba, actual presidente del TIM, presenció el inicio de las viviendas sociales en el TIM, también como presidente entre 2016 y 2018. En esos años, las autoridades indígenas ya rechazaron un diseño presentado por la AEV, pues el tamaño era muy pequeño:

— Las primeras viviendas que eran construidas acá en Moxos, eran unas casitas que no tenían sentido de poder vivir una familia cómodamente. Nosotros hemos observado y hemos llamado la atención a la Agencia Estatal de Vivienda, que no era adecuado para los pueblos indígenas. Pero gracias a Dios se logró modificar el proyecto, con un monto más elevado, pero ya con una vivienda que es adecuada.

Adecuado es la cercanía con lo justo.

En 2018, solicitaron que los techos sean de jatata, una palmera del bosque amazónico, sin éxito. Según don Bernardo, la jatata tiene la misma duración que la calamina, si está bien hecha. La diferencia es que la jatata es fresquita y en Moxos hace calor.

Techo de motacú con estructura de tacuara. Foto: Ara Goudsmit.

El eco de la voz del director Medina resuena en contraste, pues dice que la calamina es escogida porque tiene más duración y evita que se queme el techo en los incendios. En los últimos cinco años, la AEV Regional Beni tiene planificado construir 8.526 viviendas en 19 municipios y en el gobierno autónomo indígena del TIM. Les faltan 1.777 para completar este objetivo.

Geraldine Gene, abogada con tres décadas de experiencia en derechos humanos, afirmó durante una entrevista que, sin la pregunta a cada comunidad sobre qué es importante para ella, el derecho mismo no está siendo respetado: uno de los siete principios necesarios para que se cumpla el derecho humano a la vivienda, según la ONU, es la adecuación cultural. Es decir, muy parecido a lo que piensa Simón Muiba. ¿Habrá que escuchar?

Sentado en la cabecera de la mesa larga, Don Pastor Muiba, al frente de su hijo Simón, tiene una memoria sobre la arquitectura indígena de Moxos:

— Cuando estaba pequeño, mis hermanos mayores conversaban y yo los escuchaba. Vamos a hacer una casa de veinte metros, decían. Terminaban de conversar y ellos le avisaban a papá: “Papá, vamos a hacer una casa de veinte metros”. “Bueno hijos, ¿cuándo vamos a comenzar?”. “Mañana”. “¿Y de cuánto va a ser la anchura?”. “De cinco metros”. “Guau”, dije yo, “¿cómo serán los palos que van a sacar?”. Miren, de veinte metros se hacían las casas, de altura de cinco metros. Sumuqué, chonta y chuchío había por allá por el lado de San Borja. Ellos lo tumbaban, lo cortaban y lo partían, y yo ahí con mi machete, ¡meta a sacar astilla! Y así, mire, antes era pura hacha, sin motosierra. Y ya empezábamos a cercar, ya cada uno con sus cuartos. Luego hacíamos la cocina, una casa grande también. La madera era de piraquina, los horcones de chonta, del corazón mismo. Cuando ellos subían los palos arriba, era con soga. Yo con mi palito ayudaba a empujar. Ahí no se siente la calentura, le cuento. Bien fresquito. Antes grandes eran las casas. Si nosotros conocemos, si nosotros somos arquitectos. Eso sería un poquito lo que le puedo contar.

Simón Miuba rellena el piso de su casa para evitar inundaciones. Foto: Ara Goudsmit.

En contraste a esta memoria, el director de la Agencia Estatal de Vivienda del Beni comentó:

— Ahora, un arquitecto me podría decir: “¡ah, perfecto, descolonicemos!” Pero muéstreme un diseño precolonial de vivienda en el Oriente, no existe. Tal vez modos de vida, pero “esta es la vivienda amazónica que existía”, no existe. Por lo poco que he podido apreciar, nuestros ancestros han sido nómadas. Íbamos moviéndonos. Esta vivencia no nos permite decir, ¡este es el tipo de vivienda amazónico! Tratamos de hacerlo con algún tipo de madera o con viviendas elevadas.

Medina no escuchó la voz que dice “somos arquitectos”. A pesar de este vacío, el director es consciente sobre las necesidades que existen dentro de la construcción de viviendas sociales: la técnica crea formas sesgadas de entender la arquitectura, no tienen equipos de antropólogos ni metodologías sensibles para crear otra forma de diseños, hay grupos que no hablan español y no saben cómo explicarles los talleres de albañilería, la logística es complicada en las comunidades más alejadas, y el presupuesto es su ley.

Ladrillo, material de construcción de las viviendas sociales. Foto: Ara Goudsmit.

La belleza de pensar

Existen los apasionados, que son quienes hacen las cosas con amor. En la jerga convencional los llaman “expertos”. Pero hay arquitectas y arquitectos que entregan no sólo su inteligencia, sino también su corazón, y es desde ahí que comparten su conocimiento.

Natalia Serrano es arquitecta y una apasionada por los diseños colaborativos y participativos con distintas comunidades, como barrios sin espacio público. Ella dice que es necesario dejar de pensar que las viviendas sociales son regaladas: es a costa de la mano de obra no remunerada que pone cada familia, que se sigue capitalizado a las industrias y al sistema financiero de construcción. El trabajo no pagado engorda a los dueños de empresas.

Paisaje desde el interior de una vivienda. Foto: Ara Goudsmit.

Otro problema de la vivienda social es que está vista como un producto global estandarizado. La ideología del objeto y el consumidor se juntan para evadir, en palabras de Serrano, “los sentidos de la materialidad, ni explorar las posibilidades que tiene cada territorio, ni pensar en un laboratorio de nuevas formas y capacidades de explorar esa materialidad”. Lo que podría estar en juego es una investigación sobre cómo pensar el espacio de acuerdo a lo que está disponible y crear fuentes productivas locales. Así, “los costos pueden ser mucho menores, son recursos que están disponibles en cada lugar. El problema no es el dinero, no, es una carencia creativa y de voluntad”. Para Serrano, las viviendas son relaciones, no objetos.

Miriam Chugar, doctora en Arquitectura por la Universidad Federal de Rio de Janeiro (UFRJ), también comentó que las viviendas podrían ser hasta un 50% más económicas si se reducen los costos de transporte. El proceso participativo, además de incluir serios espacios de formación, podría evitar que el Estado invierta en viviendas que no son utilizadas, como los edificios vacíos que nadie habita. Esto significaría, según Chugar, dejar de lado la centralización de las decisiones y el pensamiento de producción masiva “en serie”.

El otro apasionado de esta historia es Santiago Zubieta, arquitecto y sociólogo, con larga experiencia de construcción en la Amazonía, especialmente escuelas y viviendas para maestros en las fronteras del país. En 2021, ganó un concurso que propició la AEV junto al Colegio de Arquitectos de Bolivia, con la perspectiva de que las obras seleccionadas sean implementadas en el país. Éste tenía la lógica de los pisos ecológicos: hacer viviendas sociales distintivas para el altiplano, los valles y llanos. Su diseño resultó ganador para llanos (Amazonía):

—El comedor estaba afuera. Era como el altar, el elemento central. La casa no es una caja donde hay que meter todo adentro. Te sofocas, es insufrible muchas veces. Mi premisa era que no puede ser más caliente adentro que afuera. Diseñé torres de viento para una climatización pasiva; es decir, que no emplee combustibles fósiles. Las otras propuestas ni por asomo tenían esa concepción. Nadie pensó en el clima, ni en las formas de vida. Todos pensaban que climatizar era con tecnología moderna, proyectos costosos, impracticables. El mío era simple, nada complicado. Había sistemas de recolección de agua de lluvia por las cubiertas, con tanques de almacenamiento, para utilizar, a partir de esos tanques, el agua reciclada. Tenía áreas de cultivo, con especies de la zona. Lo lamentable es que nunca nadie más me llamó de la Agencia Estatal de Vivienda. No se ejecutó.

Ideas, como la lejanía del baño, son importantes para diseño de casas en la Amazonía. Foto: Ara Goudsmit

Don Malaquías Rossell piensa muy parecido a Santiago Zubieta, pues conciben la importancia de la sencillez: hacer diseños sin tantas esquinas y recovecos. Y, como también afirma Natalia Serrano, Simón Muiba sostiene que es necesario que las relaciones de construcción no estén alejadas de los lugares y las labores de las personas:

— Me genera una tristeza, un dolor como persona, si tengo el mejor material dentro de mi comunidad. Está bien que ellos pongan algunas cosas, pero otros que sean del lugar. Tenemos materiales. Los recursos se van para las empresas. ¿Y los indígenas? Nada. La plata se la dan a los que tienen plata. Los ladrillos lo traen de Trinidad o Santa Cruz. Por ejemplo, tejerías existen aquí. Hay una donde hacen ladrillos cerámicos que queda por el lado del matadero [de San Ignacio de Moxos].

Y no sólo eso: las empresas llevan materiales fallados. Clara Rossell cuenta que las maderas que llevaron a Museruna estaban podridas, huecas como canoas. Exigieron que sean cambiadas. Son sus casas, quieren tenerlas bien hechas. Igual a ella le parece un poco ridículo traer ese material de lejos, cuando en su territorio árboles y las personas conocen bien cuáles tienen buena madera.

Distintos materiales son utilizados para la construcción de casas en Moxos. Foto: Ara Goudsmit

El otro tema es la temperatura. Un sol calientísimo impacta sobre los techos de las casas. El machimbre es la cobertura interna del techo, que tiene como objetivos crear una buena apariencia, y la protección y el aislamiento de las temperaturas. En Museruna, las viviendas sociales están siendo hechas con machimbre de plástico. Para el solazo que hace, comenta Clara, no es adecuado, no es justo, se reseca rápido y calienta el hogar. De hecho, el mejorar material para que el machimbre otorgue frescura es la madera y distintos tipos de bambú.

Desde la perspectiva de las líderes Clara, Sara y Simón, los techos, sea cual sea el material, necesitan ser más altos. Por lo menos de cinco metros. Según la información otorgada por el director Medina, actualmente los techos son de 3,8 metros en la Amazonía y 2,3 para el Altiplano.

Sara Rossell Amblo, presidental de la Subcentral de Mujeres del TIM. Foto: Ara Goudsmit

Otra idea: el baño puede estar retirado de la casa. Como dice Sara Rossell:

— Es muy crítico que nos pongan el baño tan cerquita de la cocina. Nosotros estamos acostumbrados a que sea retirado. Desde mi punto de vista, no es muy recomendable. Si nos hubieran preguntado…

Al fin y al cabo…

Aunque a Clara Rossell le hubiese gustado un techo de jatata, por ser más friíto, reconoce que hay muchas personas que prefieren materiales industriales como la calamina. Como ella misma dijo: “es, como decir, viendo”, viendo qué piensan las personas. Antes que nada, hay que escuchar:

—La agencia debería ver cómo queremos nuestras casas, realmente, hasta ahorita no creo que se hayan sentado con ninguna comunidad para ver cómo quieren su casa. Directamente llegan con su diseño. Eso sería bastante interesante, yo creo, si se lo planteara a la comunidad. Pero ya, ya está —y termina— igual la gente está feliz.

Tiempo y espacio son necesarios para esas mesas largas donde caben el pensamiento y las historias, luego de tomar chocolate caliente con pan de arroz. La empresa llamó «flojas» a las familias de Museruna. Pero hay voces que han llegado hasta aquí para señalar que la verdadera flojera es no hacer el trabajo de la pregunta.

Una vivienda en construcción en Santa Ana de Museruna. Foto: Ara Goudsmit.

*Este artículo es parte de la serie de publicaciones resultado del Programa de becas de ColaborAcción edición Hábitat, ejecutado con el apoyo de la Fundación Gabo, Fundación Avina y Hábitat para la Humanidad.

Ara Goudsmit Lambertín es investigadora y escritora colaboradora con distintos medios de comunicación. Trabaja en torno a saberes y memorias territoriales en contextos extractivistas. Cuenta con estudios en Ciencia Política de la Universidad de Los Andes, Colombia; y una maestría en Geografía/Estudios del Antropoceno de la Universidad de Cambridge, Reino Unido.
Ara Goudsmit Lambertín es investigadora y escritora colaboradora con distintos medios de comunicación. Trabaja en torno a saberes y memorias territoriales en contextos extractivistas. Cuenta con estudios en Ciencia Política de la Universidad de Los Andes, Colombia; y una maestría en Geografía/Estudios del Antropoceno de la Universidad de Cambridge, Reino Unido.