Mujeres, asaí y el cuidado del monte amazónico

Ara Goudsmit Lambertín

Los frutos amazónicos han sido descritos como alimentos nutritivos y colaboradores para generar economías no destructoras de la Amazonía. Hay rostros que tejieron la fortaleza de estas iniciativas: son rostros de mujeres amazónicas bolivianas. Recolectan, transforman, comercializan y lideran los sueños de las frutas, los sueños de una Amazonía viva. 

Edición 74. Lunes 12 de diciembre de 2022. 

Mujeres y palmeras

Para llegar a la comunidad la Trinchera, a 53 kilómetros de Cobija en el departamento de Pando, se necesitan algunos elementos indispensables: paciencia para esperar algún carro que vaya en esa dirección, la resistencia de la espalda para hacer frente a los saltos que da el auto en la carretera, y un aguante espiritual ante el desasosiego de ver la deforestación a lo largo del camino. 

Mientras contemplaban la expansión ganadera, doña Shirley Segovia y don Manuel Lima, ambos exdirigentes de la comunidad, murmuraban: «esto es enfermedad». 

Pasto, calor y ganado son los acompañantes del paisaje. 

Sin embargo, en la Trinchera y otras partes de Pando, como en la comunidad Villa Florida de la Reserva Manuripi, hay quienes construyen dignidad económica junto a frutas que protejan sus bosques, el monte que les da de comer, que hace llover, respirar, y admirar la existencia de estar vivos en la Tierra.

Andreia Souza. Foto: Ara Goudsmit.

La historia del asaí en la Trinchera es un viaje de anhelos y encuentros. 

Andreia Souza, brasileña nacionalizada boliviana, trabajaba con su esposo Julio en Vila Campinhas en Brasil, un lugar acorralado por la ganadería. En el reducto de bosque que queda, Julio aprendió a trabajar con asaí. En 2015, llegaron a Trinchera con el deseo de procesar y vender asaí. 

La vida hace algunos tejidos precisos. Al mismo tiempo que Andreia y Julio llegaban a la Trinchera, Misael Campos y Lirio Lima, hija de Shirley y Manuel, volvían al área rural, al territorio de la familia de Lirio, después de vivir varios años en Cobija. Querían regresar por la falta de seguridad laboral y la escasez de tiempo con sus hijos que la vida urbana generaba. Ambas parejas buscaban nuevos sueños y dignidad.

El primer requisito era dinero. Resultaba difícil que algún banco les otorgue un préstamo, pues ninguno de ellos contaba con historia crediticia o estabilidad laboral. Varias comunidades en la zona, por suerte, cuentan con fondos propios. Cada persona recolectora de castaña entrega dos bolsas, y la ganancia queda a disposición de las necesidades, demandas y propuestas de la gente de la comunidad. 

Lirio Lima. Foto: Ara Goudsmit.

Entonces, pidieron un préstamo para comprar su primera máquina. El siguiente paso era encontrar electricidad. En ese entonces, la comunidad aún no contaba con un sistema de luz. Durante un año, todos los días, Lirio, Misael, Andreia y Julio iban a la comunidad vecina, Santa Lourdes. Su primer mercado fue el pueblo de Porvenir, donde vendían asaí en botellas. “Qué sacrificado era su trabajo”, dice doña Shirley al hablar con orgullo de su hija. Ellas narran que sus hijos crecieron entre su trabajo con ramas y frutos.

Mientras esta memoria va siendo narrada, lágrimas comienzan a correr por los ojos de Andreia. “Muchas veces nos quedamos con hambre. Me emociona ver que nosotras podemos, después de tanto sacrificio. Tiene su brillo que le den atención a nuestro asaí”, narra ella.  Sus lágrimas están acogidas en la casa construida para ser su nueva planta procesadora. 

“Asaí Trinchera” ya tiene instalaciones que emplean a ocho mujeres que procesan y transforman los manjares de las palmeras. Si bien el tiempo para trabajar el asaí abarca de abril a agosto, el deseo que tienen es procesar la pulpa de otras frutas: copoazú, cedrillo, asaí, palma real, mango, y otras. Lirio y Andreia quieren imaginar a más mujeres con posibilidades de empleo, y a la selva con más posibilidades de vida.

Los impulsos de lucha no aparecen de la nada. 

Han sido mujeres las que también han liderado búsquedas de dignidad rural en Trinchera. La madre de Lirio, Shirley Segovia, exdirigente de la federación de mujeres campesinas de Pando y de su comunidad, junto a Sebastiana Flores, Griseleide y Marileide Lima fueron las cuatro personas que hicieron realidad el proceso de saneamiento de tierra para demarcar su territorio colectivo. Ellas acompañaron a oficiales del Instituto Nacional de Reforma Agraria (INRA) a todos los puntos de las 9.968 hectáreas que comprende su comunidad. En 2013, durante la dirigencia de Shirley, pudieron obtener finalmente sus títulos.

Lirio y su madre, Shirley Segovia.

Antes del asaí, no existían tantas posibilidades de trabajo para ellas. Debían ayudar en parcelas de cultivo, el chaco, y allí, “los honores se los lleva el hombre”, indica Lirio. 

Otra historia de quien busca el cuidado de la Amazonía es la de Livia Chávez, presidenta de la Asociación Integral Extrativista de Frutos Amazónicos Reserva Manuripi (ASINEFARM), ubicada en la comunidad de Villa Florida, al sur de Pando, casi colindando con el departamento de La Paz.

Livia tiene, desde su mirada, el talante de líder. También el año 2015, ella estaba decidida a que su comunidad podría ser el lugar de una planta piloto procesadora de asaí. Cuenta que sus vecinos no creían que un proyecto así, con frutas, era viable para generar economías prósperas y ecologías saludables. Ella hizo toda clase de malabares y escenarios para convencer a ONG’s que Villa Florida era la comunidad indicada. Organizó almuerzos y ollas comunes, diseñó carteles, entabló diálogos. Su mayor motivación fue ver y vivir las necesidades que existen en la zona. 

Estaba decidida, y lo logró. La planta procesadora está en su comunidad hace siete años, siendo la asociación que más toneladas de pulpa genera. Este año fueron 41 toneladas las que salieron de allí.

Livia Chávez. Foto: Ara Goudsmit.

Livia narra que las mujeres en su comunidad se sienten más fuertes. Para ella, obtener trabajo no sólo es una cuestión de generar dinero, sino también esto les permite abrir debates y diálogos al interior de sus familias para distribuir los roles dentro del hogar y cuidar el valor de su propio tiempo.

Desgraciar el bosque

Como dicen en la Trinchera, la llegada de la desgracia, el “desgraciar”, amenaza constantemente sus vidas y a la Amazonía. 

La conversación más prominente en las calles de Cobija es acerca del calor. No es tan común, en cambio, hablar sobre una de las razones del incremento de temperaturas: la deforestación.  Con 10 millones de hectáreas dispuestas para la expansión de la frontera agrícola, el nuevo Plan de Uso de Suelos del Beni ha aprobado la eliminación de ecosistemas vivos para reemplazarlos por agroindustria. Por ejemplo, hay iniciativas para convertir Pando, Beni y el norte de La Paz como tierra para ganado y monocultivos devastadores como el de palma de aceite. El Norte Amazónico boliviano vive en amenaza constante.

Los efectos más peligrosos de estas industrias son: la destrucción de los bosques, la contaminación de aguas por el uso de químicos para la producción, la infertilidad de los suelos, la sequías y desvíos de los arroyos que proveen agua para comunidades, y la privatización de tierras, y el  desplazamiento de miles de personas. 

Este es el desafío más grande que Lirio y Andreia han manifestado: la deforestación y la crisis climática. La buena o mala producción de las frutas depende del equilibrio de las lluvias, y las lluvias dependen de un bosque en pie. Este año la producción del majo,otra palmera amazónica, fue un fracaso. No tuvieron frutos para recolectar y procesar. Andreia comenta que el miedo radica en que su trabajo y esfuerzos desaparezcan en unos años por la pérdida de bosque y la alteración abrupta del ciclo del agua.

El bosque de la Trinchera. Foto: Ara Goudsmit.

Don Manuel, el padre de Lirio, cuenta que en sus 57 años de vida nunca había visto llegar un surazo en noviembre. Normalmente, los fríos intensos en la Amazonía arriban en abril, mayo y junio. Él dice: “esta es la prueba de lo que estamos haciendo. La Tierra responde y habla en voz alta, a gritos”.

Lirio, refiriéndose a la deforestación, lo ha expresado de forma contundente: 

“No quiero ver cómo la miseria llega y vuelva a convertir a nuestros hijos en peones y jornaleros. Después de tanta lucha que han vivido nuestras familias para salir del empatronamiento, no podemos caer otra vez en eso. No quiero que los jóvenes dependan de un patrón. Espero que con estas iniciativas ellos puedan ver un ejemplo de hacer distinto donde el bosque no se tumbe, porque yo tengo mucho orgullo de nuestro bosque”. 

Ella percibe que hay un trabajo fundamental que hacer junto a jóvenes que, en su perspectiva, ven el futuro en el ganado y el agro, pues observan los espejos del poder adquisitivo y simbólico: los terratenientes andan en camionetas último modelo y sus peones andan a caballo y manejan miles de “cabezas de ganado», el nombre para describir a vacas que van a ir a un matadero como objeto desechable. 

Además, existe otra amenaza latente en esta zona. 

Livia cuenta que la minería ha entrado a su territorio a lo largo del río Madre de Dios y está dentro de la Reserva Natural de Vida Silvestre Manuripi. En lugares de Colombia o Perú, la minería ha generado la presencia de grupos armados ilegales, el tráfico de mujeres y niños para la prostitución, y el colapso ecológico: una intensa contaminación de aguas y consecuentes enfermedades, exterminio de los bosques que están a orillas de los ríos, y desvíos y deterioro del cauce de las aguas. De acuerdo con una conversación con los guardaparques de Manuripi, las balsas y las dragas van aumentando, y piensan que sólo en las orillas de la Reserva ya hay más de cien que están activas. 

De acuerdo con Livia, muchas familias dentro de la reserva se oponen a la extracción aurífera, sin embargo, hay quienes han comenzado a generar ingresos a partir de esto y no va a ser fácil negociar para sacarlos de ahí. 

La violencia de este fenómeno no cabe en la escritura y la narración. Es doloroso reducirla a puntos racionalizados que expliquen las consecuencias. 

Frutas divinas

Asaí silvestre en la Reserva Manuripi. Foto: Ara Goudsmit.

Haber probado el postre de copoazú que hizo doña Shirley albergó felicidad contenida en elementos de árboles y talentos humanos.

No es coincidencia que el verbo gozar y disfrutar devenga de la palabra fructum, fruto. No es coincidencia que su delicia vegetal provea de futuros saludables: del cuerpo y del planeta, que siendo dos también son uno. 

Tampoco es coincidencia que el agro y la minería pertenezcan al mundo patriarcal, no sólo por quiénes son dueños de la tierra e infraestructuras, sino en cómo se imagina su poder de conquista y acumulación. 

La salud del mundo está interconectada en visiones de cuidado, visiones que tejen mujeres del Norte Amazónico. 

Esta es la gracia de las frutas, bien nombradas por Livia como plantas divinas. 


*Esta investigación fue realizada en el marco del Fondo de apoyo periodístico, que impulsan la Plataforma Boliviana Frente al Cambio Climático (PBFCC) y la Fundación para el Periodismo”.


Las casas conversadas: diseñar viviendas sociales desde los territorios
Las casas conversadas: diseñar viviendas sociales desde los territorios

En el Territorio Indígena Multiétnico (TIM) del departamento de Beni, la Agencia Estatal de Vivienda ha construido casas sociales en más de diez comunidades, según calculan los dirigentes. ¿Cómo funciona este proceso? ¿Qué piensan quienes las reciben, y quienes estudian sus arquitecturas?

El corazón de algunas casas es una mesa larga de madera, testigo de alimentos y de palabras, el desayuno con joco, el zapallo dulce de la selva, la antesala de las ideas.  Conversamos en mesas ubicadas en el Territorio Indígena Multiétnico (TIM), en el departamento de Beni, Amazonía boliviana. Allí, la Agencia Estatal de Vivienda, perteneciente al Ministerio de Obras Públicas, Servicios y Vivienda de Bolivia, ha construido viviendas sociales en más de diez comunidades, según calculan los dirigentes. ¿Cómo funciona este proceso? ¿Qué piensan quienes las reciben, y quienes estudian sus arquitecturas? Hacia estas respuestas vamos.

El comienzo

Para llegar a la comunidad de Santa Ana de Museruna hay que pasar haciendas ganaderas, una tras otra, y atravesar, y saludar al río Apere y Cuberene. Está ubicada en el TIM, a una hora del pueblo de San Ignacio de Moxos.

Don Malaquías Rossell, corregidor de la comunidad, detuvo el revocado de su casa para conversar. Sus manos están llenas de ampollas. Él es parte de la construcción de cuatro viviendas sociales: la de sus dos hijas, que son madres solteras, su hijo, y la suya. Hace cinco años ya habían intentado obtener casas construidas por la AEV. El primer planteamiento lo hicieron través de asambleístas departamentales. Sin resultado. Luego, cuando aún no eran un gobierno autónomo indígena, exigieron viviendas al municipio de Santa Ana del Yacuma. Tampoco funcionó.

Malaquías Rossell, corregidor de la comunidad de Santa Ana de Museruna. Foto: Ara Goudsmit.

La solicitud fue aceptada, finalmente, en 2024. Tenían cupo para sesenta viviendas, pero el Estado los puso a prueba: primero debían hacer cuarenta y, luego, si todo iba “bien”, construirían las veinte faltantes.

“Estamos agradecidos”, “queremos estas casas”, “tenemos el derecho a ellas”, son algunas de las expresiones alrededor de las viviendas de la AEV. El piso de cerámica se contrapone al suelo de tierra. El ladrillo es más duradero, escuché decir, y más efectivo para que los animales no ingresen al hogar. En época de lluvia, los mosquitos se llenan como nubes negras que rondan tras los cuerpos, las manos deben trabajar arduamente para ir espantándolos y traen enfermedades. Por eso, las mallas de protección contra insectos para las ventanas constituyen un elemento central en la construcción de viviendas sociales en la Amazonía.

Una casa en proceso de construcción en Santa Ana de Museruna. Foto: Ara Goudsmit.

En Bolivia, el derecho a la vivienda fue reconocido como un derecho fundamental en la Constitución Política del Estado de 2009. Pero, para acceder a este derecho, hay distintos programas. Museruna no entró al programa de Viviendas Nuevas de la AEV —donde todo está financiado, por eso las llaman “con llave en mano”—, si no al de “Vivienda Cualitativa” o, mejor dicho, de “autoconstrucción”. El Estado contrata a una empresa, ésta lleva los materiales y, en teoría, debe capacitar a las familias para que construyan las casas con sus propias manos. La contraparte es la mano de obra.

En la comunidad pensaron que sería más o menos fácil y posible, pues acordaron procesos de formación y la entrega a tiempo de los materiales. Pero cuando los acuerdos no son cumplidos, contamos una historia de trampas.

Con tiempo y sin insultos, por favor

La oficina de Pedro Medina, director de la AEV regional Beni en Trinidad, tiene aire acondicionado. El cuarto es amplio y frío. Él fue la única autoridad estatal contactada que accedió a tener una entrevista. Ahí aseveró que, cuando las viviendas son de autoconstrucción, las empresas contratadas realizan una capacitación en albañilería a las familias beneficiarias. Sólo así es posible culminar el proyecto entre tres y cinco meses.

Las casas de Museruna no tienen aire acondicionado y son de un solo cuarto, aunque hay familias con ocho hijos, y se supone que la evaluación social de la AEV debería considerar estos factores para construir diseños con uno, dos o tres cuartos. Además, tuvieron que exigir el cambio del primer diseño “socializado”, porque tenía muy pocas ventanas, iba a ser una casa oscura donde no iba a poder entrar la brisa. Llevan más de diez meses tratando construir las viviendas.

En la zona, es usual quemar motacú para alejar a los mosquitos. Foto: Ara Goudsmit.

Don Malaquías hace una pausa del trabajo e ingresamos al lugar que será su antiguo comedor, en una casa de madera:

—Los técnicos que envía la empresa no sirven para nada. No quieren que nosotros aprendamos. Mandaron tres para cuarenta casas. Porque se creen técnicos ya no quieren agarrar un ladrillo, agarrar mezcla. Venían a decir “está mal” y lo derrumbaban. Era un trabajo perdido, casi como hacerse la burla. Levantábamos un metro, decían “está mal” y lo volvían a tumbar. Son autoridades que, si bien son profesionales, respeto que hayan estudiado, pero deberían tener respeto también por la gente con la que están trabajando, los comunarios. No saben ni saludar estos señores, ni siquiera piden: “¿por qué estás atrasado?, ¿qué es lo que te pasa?”.

El don de la palabra, que es la gracia del tono y ritmo, y de la sencillez y claridad, lo tiene don Malaquías, quien continúa indignado:

— Son autoridades que, si bien son profesionales, respeto que hayan estudiado, pero deberían tener respeto también por la gente con que están trabajando, los comunarios, no saben ni saludar estos señores, ni si quieran piden: “¿por qué estás atrasado?, ¿qué es lo que te pasa?”. Llegan nomás y dicen: “ustedes están atrasados, ¿por qué no trabajan? Ustedes son unos flojos”. No se tiene que ser así. Ser más humanos. Era gente mañosa, que promueven el desánimo.  Eso es lo triste. A lo mejor uno está rendido, adolorido, uno se enferma también. Hace unos cuatro días vino el dueño de la empresa. Ni se bajaba de su movilidad. Fue un compañero y le dijo: “bájese pues, conversemos”.

Y el empresario le dijo que él debería estar construyendo su casa, que cómo tenía tiempo para ir a mirar lo que él hacía allí, que era un flojo. El comunario respondió que ellos estaban haciendo su casa de acuerdo a su posibilidad, y que no es posible que les digan flojos sin saber por lo que estaban pasando. Don Malaquías menciona que, al menos, necesitan tres días de la semana para ir a trabajar en su chaco, donde cultivan sus alimentos, no ganan un sueldo y también necesitan ir a cazar y pescar. 

— Eso, elay, nos está pasando —concluye el corregidor.

Clara Rossell Amblo, secretaria de Tierra y Territorio del TIM. Foto: Ara Goudsmit.

Clara Rossell Amblo, actual secretaria de Tierra y Territorio del TIM, ex presidenta de la Organización de Jóvenes Indígenas Mojeños (OJIM) y representante legal de Museruna ante la AEV, mencionó que sólo una vez tuvieron un taller sobre cómo asentar cimientos.

— El ingeniero lo mostró y zas, y listo y todo mundo miró. La sufrimos harto.

Su hermana, Sara Rossell Amblo, presidenta de la Subcentral de Mujeres del TIM, añadió que no tardaron más de cinco minutos en explicar el revoque. En su familia hacen turnos para construir. Tres días una casa, luego la otra. Sólo así es posible avanzar.

En abril debían haber empezado, pero la empresa no cumplió con los acuerdos: el material llegó dos meses después, en junio. Traían las cosas de forma incompleta, como a picotazos. Llevaban ladrillo, pero no cemento, llegaba el cemento, pero no la arena. A pesar de que el atraso era de la empresa, las familias recibían notificaciones, regaños y malhumor por no tener adelantos.

La dirigente Clara, contundente, dice que la AEV necesita volver a evaluar el tiempo de construcción con las familias que no saben cómo construir.

Rossell señala en la maqueta la primera ventana que hicieron aumentar en el diseño para tener más ventilación y luz. Foto: Ara Goudsmit.


 Escuchar al territorio

En una mesa larga y rojiza, de patas de madera de mara y tablas de cedro, con más de cuarenta años ordenando la compañía, la familia Muiba Inchu comparte sus ideas. Las voces están mezcladas con los sonidos de sapos y ranas que parecen decirle algo a la lluvia que no paró durante toda la tarde. Es de noche y el coro que nos acompaña refleja el sonido agudo de un maullido de gato al ritmo de una ambulancia, mbiuaaauuu, mbiaaauuu. Ante las conversaciones de estos anfibios, es necesario alzar la voz para escucharnos.

Simón Muiba es hijo del río Apere, cuerpo de agua que da vida y sustenta a varias comunidades del TIM. Es un líder joven, con palabra afilada y sin temor a hablar desde su pensamiento. Para él, lo más importante es abrir el camino “para mirar, donde puedas reflexionar”. Esa mirada es una que ve hacia adentro, ¿qué quieres? Y luego, hacia afuera, ¿qué queremos y qué es posible? El problema, para Muiba, es que los proyectos ya vienen diseñados:

—Dicen, “esto tenemos para acá” y listo. No ceden esa oportunidad y uno, a veces, por la necesidad, acepta. Los espacios de las viviendas sociales son como de la ciudad y vienen con un solo diseño, sobre todo que no vienen pidiendo, digamos, si les gusta este modelo o qué le pueden mejorar. Por ese motivo, yo digo que es colonizador, porque vienen ya imponiendo y que, si la gente lo acepta, que lo acepte, y si no, no, ya no hay nada.

Simón Muiba Inchu frente al río Apere. Foto: Ara Goudsmit.

Simón y su madre, doña Victoria Inchu, otra lideresa de corazón inquebrantable, sienten que su territorio es la historia de la amplitud:

—Nada es chiquitito, no es como en el pueblo, eso es comprado, uno lo compra por metro y así cabalito van las casas, medidito, en cambio nuestro vivir no es así. En el campo, estás libre, tienes gallinitas donde escarbar, no está medido por metrito, no hay límite en nuestro vivir en el campo —narra Victoria, y Simón apoya a esta idea.

—Siempre hemos vivido en espacios grandes. Nuestro territorio es amplio. La verdad es que nuestro ambiente es abundancia y nuestras familias son numerosas, no somos reducidos.

Don Bernardo Muiba, actual presidente del TIM, presenció el inicio de las viviendas sociales en el TIM, también como presidente entre 2016 y 2018. En esos años, las autoridades indígenas ya rechazaron un diseño presentado por la AEV, pues el tamaño era muy pequeño:

— Las primeras viviendas que eran construidas acá en Moxos, eran unas casitas que no tenían sentido de poder vivir una familia cómodamente. Nosotros hemos observado y hemos llamado la atención a la Agencia Estatal de Vivienda, que no era adecuado para los pueblos indígenas. Pero gracias a Dios se logró modificar el proyecto, con un monto más elevado, pero ya con una vivienda que es adecuada.

Adecuado es la cercanía con lo justo.

En 2018, solicitaron que los techos sean de jatata, una palmera del bosque amazónico, sin éxito. Según don Bernardo, la jatata tiene la misma duración que la calamina, si está bien hecha. La diferencia es que la jatata es fresquita y en Moxos hace calor.

Techo de motacú con estructura de tacuara. Foto: Ara Goudsmit.

El eco de la voz del director Medina resuena en contraste, pues dice que la calamina es escogida porque tiene más duración y evita que se queme el techo en los incendios. En los últimos cinco años, la AEV Regional Beni tiene planificado construir 8.526 viviendas en 19 municipios y en el gobierno autónomo indígena del TIM. Les faltan 1.777 para completar este objetivo.

Geraldine Gene, abogada con tres décadas de experiencia en derechos humanos, afirmó durante una entrevista que, sin la pregunta a cada comunidad sobre qué es importante para ella, el derecho mismo no está siendo respetado: uno de los siete principios necesarios para que se cumpla el derecho humano a la vivienda, según la ONU, es la adecuación cultural. Es decir, muy parecido a lo que piensa Simón Muiba. ¿Habrá que escuchar?

Sentado en la cabecera de la mesa larga, Don Pastor Muiba, al frente de su hijo Simón, tiene una memoria sobre la arquitectura indígena de Moxos:

— Cuando estaba pequeño, mis hermanos mayores conversaban y yo los escuchaba. Vamos a hacer una casa de veinte metros, decían. Terminaban de conversar y ellos le avisaban a papá: “Papá, vamos a hacer una casa de veinte metros”. “Bueno hijos, ¿cuándo vamos a comenzar?”. “Mañana”. “¿Y de cuánto va a ser la anchura?”. “De cinco metros”. “Guau”, dije yo, “¿cómo serán los palos que van a sacar?”. Miren, de veinte metros se hacían las casas, de altura de cinco metros. Sumuqué, chonta y chuchío había por allá por el lado de San Borja. Ellos lo tumbaban, lo cortaban y lo partían, y yo ahí con mi machete, ¡meta a sacar astilla! Y así, mire, antes era pura hacha, sin motosierra. Y ya empezábamos a cercar, ya cada uno con sus cuartos. Luego hacíamos la cocina, una casa grande también. La madera era de piraquina, los horcones de chonta, del corazón mismo. Cuando ellos subían los palos arriba, era con soga. Yo con mi palito ayudaba a empujar. Ahí no se siente la calentura, le cuento. Bien fresquito. Antes grandes eran las casas. Si nosotros conocemos, si nosotros somos arquitectos. Eso sería un poquito lo que le puedo contar.

Simón Miuba rellena el piso de su casa para evitar inundaciones. Foto: Ara Goudsmit.

En contraste a esta memoria, el director de la Agencia Estatal de Vivienda del Beni comentó:

— Ahora, un arquitecto me podría decir: “¡ah, perfecto, descolonicemos!” Pero muéstreme un diseño precolonial de vivienda en el Oriente, no existe. Tal vez modos de vida, pero “esta es la vivienda amazónica que existía”, no existe. Por lo poco que he podido apreciar, nuestros ancestros han sido nómadas. Íbamos moviéndonos. Esta vivencia no nos permite decir, ¡este es el tipo de vivienda amazónico! Tratamos de hacerlo con algún tipo de madera o con viviendas elevadas.

Medina no escuchó la voz que dice “somos arquitectos”. A pesar de este vacío, el director es consciente sobre las necesidades que existen dentro de la construcción de viviendas sociales: la técnica crea formas sesgadas de entender la arquitectura, no tienen equipos de antropólogos ni metodologías sensibles para crear otra forma de diseños, hay grupos que no hablan español y no saben cómo explicarles los talleres de albañilería, la logística es complicada en las comunidades más alejadas, y el presupuesto es su ley.

Ladrillo, material de construcción de las viviendas sociales. Foto: Ara Goudsmit.

La belleza de pensar

Existen los apasionados, que son quienes hacen las cosas con amor. En la jerga convencional los llaman “expertos”. Pero hay arquitectas y arquitectos que entregan no sólo su inteligencia, sino también su corazón, y es desde ahí que comparten su conocimiento.

Natalia Serrano es arquitecta y una apasionada por los diseños colaborativos y participativos con distintas comunidades, como barrios sin espacio público. Ella dice que es necesario dejar de pensar que las viviendas sociales son regaladas: es a costa de la mano de obra no remunerada que pone cada familia, que se sigue capitalizado a las industrias y al sistema financiero de construcción. El trabajo no pagado engorda a los dueños de empresas.

Paisaje desde el interior de una vivienda. Foto: Ara Goudsmit.

Otro problema de la vivienda social es que está vista como un producto global estandarizado. La ideología del objeto y el consumidor se juntan para evadir, en palabras de Serrano, “los sentidos de la materialidad, ni explorar las posibilidades que tiene cada territorio, ni pensar en un laboratorio de nuevas formas y capacidades de explorar esa materialidad”. Lo que podría estar en juego es una investigación sobre cómo pensar el espacio de acuerdo a lo que está disponible y crear fuentes productivas locales. Así, “los costos pueden ser mucho menores, son recursos que están disponibles en cada lugar. El problema no es el dinero, no, es una carencia creativa y de voluntad”. Para Serrano, las viviendas son relaciones, no objetos.

Miriam Chugar, doctora en Arquitectura por la Universidad Federal de Rio de Janeiro (UFRJ), también comentó que las viviendas podrían ser hasta un 50% más económicas si se reducen los costos de transporte. El proceso participativo, además de incluir serios espacios de formación, podría evitar que el Estado invierta en viviendas que no son utilizadas, como los edificios vacíos que nadie habita. Esto significaría, según Chugar, dejar de lado la centralización de las decisiones y el pensamiento de producción masiva “en serie”.

El otro apasionado de esta historia es Santiago Zubieta, arquitecto y sociólogo, con larga experiencia de construcción en la Amazonía, especialmente escuelas y viviendas para maestros en las fronteras del país. En 2021, ganó un concurso que propició la AEV junto al Colegio de Arquitectos de Bolivia, con la perspectiva de que las obras seleccionadas sean implementadas en el país. Éste tenía la lógica de los pisos ecológicos: hacer viviendas sociales distintivas para el altiplano, los valles y llanos. Su diseño resultó ganador para llanos (Amazonía):

—El comedor estaba afuera. Era como el altar, el elemento central. La casa no es una caja donde hay que meter todo adentro. Te sofocas, es insufrible muchas veces. Mi premisa era que no puede ser más caliente adentro que afuera. Diseñé torres de viento para una climatización pasiva; es decir, que no emplee combustibles fósiles. Las otras propuestas ni por asomo tenían esa concepción. Nadie pensó en el clima, ni en las formas de vida. Todos pensaban que climatizar era con tecnología moderna, proyectos costosos, impracticables. El mío era simple, nada complicado. Había sistemas de recolección de agua de lluvia por las cubiertas, con tanques de almacenamiento, para utilizar, a partir de esos tanques, el agua reciclada. Tenía áreas de cultivo, con especies de la zona. Lo lamentable es que nunca nadie más me llamó de la Agencia Estatal de Vivienda. No se ejecutó.

Ideas, como la lejanía del baño, son importantes para diseño de casas en la Amazonía. Foto: Ara Goudsmit

Don Malaquías Rossell piensa muy parecido a Santiago Zubieta, pues conciben la importancia de la sencillez: hacer diseños sin tantas esquinas y recovecos. Y, como también afirma Natalia Serrano, Simón Muiba sostiene que es necesario que las relaciones de construcción no estén alejadas de los lugares y las labores de las personas:

— Me genera una tristeza, un dolor como persona, si tengo el mejor material dentro de mi comunidad. Está bien que ellos pongan algunas cosas, pero otros que sean del lugar. Tenemos materiales. Los recursos se van para las empresas. ¿Y los indígenas? Nada. La plata se la dan a los que tienen plata. Los ladrillos lo traen de Trinidad o Santa Cruz. Por ejemplo, tejerías existen aquí. Hay una donde hacen ladrillos cerámicos que queda por el lado del matadero [de San Ignacio de Moxos].

Y no sólo eso: las empresas llevan materiales fallados. Clara Rossell cuenta que las maderas que llevaron a Museruna estaban podridas, huecas como canoas. Exigieron que sean cambiadas. Son sus casas, quieren tenerlas bien hechas. Igual a ella le parece un poco ridículo traer ese material de lejos, cuando en su territorio árboles y las personas conocen bien cuáles tienen buena madera.

Distintos materiales son utilizados para la construcción de casas en Moxos. Foto: Ara Goudsmit

El otro tema es la temperatura. Un sol calientísimo impacta sobre los techos de las casas. El machimbre es la cobertura interna del techo, que tiene como objetivos crear una buena apariencia, y la protección y el aislamiento de las temperaturas. En Museruna, las viviendas sociales están siendo hechas con machimbre de plástico. Para el solazo que hace, comenta Clara, no es adecuado, no es justo, se reseca rápido y calienta el hogar. De hecho, el mejorar material para que el machimbre otorgue frescura es la madera y distintos tipos de bambú.

Desde la perspectiva de las líderes Clara, Sara y Simón, los techos, sea cual sea el material, necesitan ser más altos. Por lo menos de cinco metros. Según la información otorgada por el director Medina, actualmente los techos son de 3,8 metros en la Amazonía y 2,3 para el Altiplano.

Sara Rossell Amblo, presidental de la Subcentral de Mujeres del TIM. Foto: Ara Goudsmit

Otra idea: el baño puede estar retirado de la casa. Como dice Sara Rossell:

— Es muy crítico que nos pongan el baño tan cerquita de la cocina. Nosotros estamos acostumbrados a que sea retirado. Desde mi punto de vista, no es muy recomendable. Si nos hubieran preguntado…

Al fin y al cabo…

Aunque a Clara Rossell le hubiese gustado un techo de jatata, por ser más friíto, reconoce que hay muchas personas que prefieren materiales industriales como la calamina. Como ella misma dijo: “es, como decir, viendo”, viendo qué piensan las personas. Antes que nada, hay que escuchar:

—La agencia debería ver cómo queremos nuestras casas, realmente, hasta ahorita no creo que se hayan sentado con ninguna comunidad para ver cómo quieren su casa. Directamente llegan con su diseño. Eso sería bastante interesante, yo creo, si se lo planteara a la comunidad. Pero ya, ya está —y termina— igual la gente está feliz.

Tiempo y espacio son necesarios para esas mesas largas donde caben el pensamiento y las historias, luego de tomar chocolate caliente con pan de arroz. La empresa llamó «flojas» a las familias de Museruna. Pero hay voces que han llegado hasta aquí para señalar que la verdadera flojera es no hacer el trabajo de la pregunta.

Una vivienda en construcción en Santa Ana de Museruna. Foto: Ara Goudsmit.

*Este artículo es parte de la serie de publicaciones resultado del Programa de becas de ColaborAcción edición Hábitat, ejecutado con el apoyo de la Fundación Gabo, Fundación Avina y Hábitat para la Humanidad.

Ara Goudsmit Lambertín es investigadora y escritora colaboradora con distintos medios de comunicación. Trabaja en torno a saberes y memorias territoriales en contextos extractivistas. Cuenta con estudios en Ciencia Política de la Universidad de Los Andes, Colombia; y una maestría en Geografía/Estudios del Antropoceno de la Universidad de Cambridge, Reino Unido.
Ara Goudsmit Lambertín es investigadora y escritora colaboradora con distintos medios de comunicación. Trabaja en torno a saberes y memorias territoriales en contextos extractivistas. Cuenta con estudios en Ciencia Política de la Universidad de Los Andes, Colombia; y una maestría en Geografía/Estudios del Antropoceno de la Universidad de Cambridge, Reino Unido.