Recolectar semillas y ver entre las tinieblas: una historia de artesanas

Ara Goudsmit Lambertín

Las mujeres de la “Asociación de Artesanas Semillas de Oro” de la ciudad amazónica de Riberalta revitalizan el mundo en sus talleres, viveros, encuentros de trabajo colaborativo y geografías de recolección.

Edición 148. Lunes, 11 noviembre de 2024.

En su hogar-vivero, Fátima López Coca me pedía que preste atención para ver a la mariposa posarse en el extremo de una hoja. Advertía el color y el tamaño de las abejas que entraban en sus flores y decía: “¿Has podido tomarle bien la foto? Tan lindas que son”. A las artesanas les amanece rocío en su lenguaje. Frescas son sus palabras.

Fátima López Coca en su taller. Foto: Ara Goudsmit.

Las he visto recoger cocos de palmeras acostados sobre el cemento de las calles y ramas caídas que llevan a sus casas, las ponen en agua y no las dejan morir tiradas.

Actualmente, diez mujeres son miembros activos de la “Asociación de Artesanas Semillas de Oro”, cada una con diferentes prácticas y conocimientos. Cuatro de ellas, por ejemplo, tienen viveros; otras trabajan adornos y joyería con semillas, cocos y maderas; y hay quienes tejen con palmas y en macramé.  

Trabajo colectivo en el hogar de Fátima. Foto: Ara Goudsmit.

Un par de veces al año, realizan trabajos colectivos en sus talleres ubicados dentro de sus hogares. En la casa-taller de Zandra Loayza Pereira, se reunieron a encontrar pares de las semillas que recolectaron para hacer aretes. Donde Ángela López Coca, pusieron tierra abonada en bolsas de leche para sus próximos plantines. En el vivero de Yaruska Saucedo, sus compañeras sacaron las semillas de diversas vainas, cortaron tutumas, les sacaron la pulpa y las hicieron secar. A Madela Justiniano Méndez le ayudaron a pintar macetas, hechas de botellas de plástico en forma de animales. En el hogar de las hermanas Milenka y Milena Toro Neira cortaron y lijaron cocos y madera.

Yaruska Saucedo en su vivero. Foto: Ara Goudsmit.

Las artesanas de “Semillas de Oro” viven en el departamento del Beni. En 2019, el Plan de Uso de Suelos (PLUS) fue hecho por la Federación de Ganaderos del Beni (FEGABENI), respaldado por la Cámara Agropecuaria de Beni (CAB) y aprobado por la Asamblea Legislativa Departamental. Este proyecto de “modernización” y “desarrollo económico”, como muestra Huáscar Salazar, “habilita la posibilidad para un manejo agroindustrial de la tierra en territorios que eran considerados áreas protegidas y/o territorios indígenas”, que constituían un impedimento para los intereses del agronegocio.

Un ejemplo de las consecuencias de esta nueva normativa está demostrado en el reportaje escrito por Karen Gil y Mariana Pérez, quienes exponen cómo “los menonitas y los productores locales de arroz y soya son dos de los actores que se hicieron cada vez más de propiedades, y cambiaron el uso de suelo de bosques por producción de monocultivos”. A cinco años de su consolidación, el PLUS Beni ha tenido efectos en la destrucción de los bosques amazónicos. Este contexto de devastación ambiental en el que viven las artesanas aparece como un mundo violento y hostil frente a las sendas de vitalidad que ellas inspiran.

Fátima y Ángela lijan madera en el hogar de Milena. Foto: Ara Goudsmit.

He sido testigo de que en el movimiento creador de sus manos hay poesía. De troncos caídos construyen garzas; de semillas crean rostros y loros; y de basura emergen macetas. Con los restos de comida amasan abono. En sus hogares nada es desperdicio. Todo es devuelto al lugar del uso y la transformación: las yemas de sus dedos se vuelven una con las hojas, semillas, plásticos, hilos y telas que tocan.

Maestras

Recorremos calles llenas de motocicletas, donde la noche dice adiós al calor. Nuestros brazos van cargados de plátano y chivé, ese manjar crocante hecho de yuca, para que nos alimenten en las sesiones de recolección.

Sandra y Fátima recogen semillas de pajarilla que caen en la ciudad. Foto: Ara Goudsmit.

En este trayecto, Zandra comenta que hacer artesanía es ir a terapia, pues no es cosa fácil ser mujer en Riberalta. El control de los horarios de entrada y salida de la casa, habitar el espacio público para vender y querer ser independiente han sido elementos de disputa para cada una de ellas. Sus talleres son terapia, dice, porque dejan de lado, por un momento, las preocupaciones, los abandonos, las carencias y las prohibiciones.

La conversación es parte central de este trabajo compartido, cuentan sus historias, se narran y escuchan, distribuyen técnicas: las artesanas se hacen artesanas porque hay otra mujer que ha decidido compartir sus conocimientos. Zandra relata cómo ha recorrido los barrios de Riberalta convocando a mujeres para que aprendan a hacer artesanías, oficio de maestra que empezó junto a la Asociación Boliviana para la Cultura.

Zaroly, hija de Zandra, aprende de su madre a cuidar las plantas. Foto: Ara Goudsmit.

‘‘Yo quiero enseñar, le digo al técnico cuenta ella. ‘¿Se anima?’ Me dice él. Quiero enseñar güembé, es lo que sé. ‘Ya, me dice, reúna a sus mujeres y, si es que hay, hacemos el curso, mínimo con diez, máximo con veinte’. Y me fui. ‘Compañeras, ¿qué les parece si por las tardes aprendemos esto y esto?’. Les mostré las muestras y se animaron las señoras. Consolidé un grupo de quince personas en mi barrio Integración. ‘¿Aquí va a terminar?’, me preguntó el técnico. No, le dije, vamos a aprender a hacer carteras. Busqué a la maestra y nos enseñó a tejer con macramé, pintar en teja, en madera, ese fue otro círculo de estudio. En mi barrio tuve de cuatro a cinco círculos de estudios para las mujeres y salíamos a ferias, vendíamos. ‘¿No se anima a ir otros barrios?’, me dijo el técnico. Entonces, me vine al barrio la Villa, al barrio 11 de octubre. Pero no conocía a nadie, me iba caminando, iba preguntando y conversando con las señoras. Inmediatamente, las señoras iban y reunían a otras señoras. Yo levanté una lista de las compañeras que no sabían leer ni escribir. Las ayudamos a inscribirse al programa de alfabetización. Al principio, ponían muchos peros. Es que los hijos, o es que el marido no me deja. Entonces he tenido que hablar con los esposos. Les decía, déjela, sólo una hora, apóyela. Y se inscribieron”.

Zandra mira su reflejo en el espejo que construyó. Foto: Ara Goudsmit.

Para vos, ¿qué implica ser maestra, Zandra?  le pregunto.

Ser maestra es compartir a quien quiere recibir. Es el entusiasmo. Con mi marido tuve problemas, me decía que me estaba alejando mucho de la casa, que los hijos estaba descuidando. Pero le decía, yo estoy ganando mi platita. No sabés la satisfacción que me da el trabajo, que las compañeras vendan.

Más tarde, Milena menciona:

 Me preguntan si se puede vivir de la artesanía. Se puede, yo les digo, ¡yo sigo viva!

Y Zandra la apoya:

 —Claro que sí, ¡estamos vivas!

La mano de Zandra toca una rama de güembé. Foto: Ara Goudsmit.

Su historia

Empezó en 2009, cuando el directorio del Club japonés de Riberalta estaba bajo el cargo de Lilian Velasco Chinen, quien invitó a participar a una feria artesanal a la organización Pro-Género, de la cual Zandra hacía parte. En esa primera feria vendieron bastante. La señora Lilian propuso repetir la actividad, brindando los ambientes del club de forma gratuita: “¿Por qué no lo hacemos otra vez?”. Cada una aportaba cinco bolivianos para la limpieza del lugar.

Fue también Lilian quien generó la idea de comenzar una Asociación entre quienes asistían regularmente a esas primeras ferias. Tuvieron un encuentro, eligieron a la presidenta, la secretaria de actas, una vocal y elaboraron su calendario ferial. Fue Milena quien llevó la propuesta de nombrarse “Semillas de oro”. Todas coincidieron que trabajan con semillas y que las querían como su tesoro.

Lilian Velasco Chinen muestra sus trabajos. Foto: Ara Goudsmit.

Sin embargo, necesitaban presupuesto para obtener su personería jurídica. Entonces hicieron ventas de comida, donde cada artesana debía vender, al menos, diez platos. Con lo que habían recolectado compraron su primer libro de actas, mandaron a hacer su banner y emplearon el dinero sobrante para alquilar carpas en las ferias.

Zandra, Lilian, Victoria y Fátima conversan sentadas bajo el pahuichi de la maestra escolar Victoria Lora Tiburcio, a quien le decimos profe Toyita. Debajo de su pahuichi, una estructura hecha de troncos y techo tejido en hoja de palma, está la cocina y la mesa de comedor. Nos ha invitado café, masaco de yuca con hígado y papaya y, en este círculo de palabra, recuerdan su historia.

Victoria Lora Tiburcio en su casa-taller. Foto: Ara Goudsmit.

Con ojos encorvados como garras de alegría, la profe Toyita comenta que, cuando hacían sus primeras ferias, ella iba a los canales de televisión y a las radios.

 Mis alumnos me decían, “profe, yo la vi a usted, estaba invitando para la feria, yo la miré allí en la tele”. Ya sabían todos que había la feria. Allí mostrábamos los trabajos comenta Victoria.

 —No teníamos para pagar publicidad, no teníamos celulares, aprovechábamos esos espacios gratuitos de los medios para invitar, para darnos a conocer —añade Zandrapero hubo golpes que tuvo la Asociación y ya no pudimos reunirnos. Había muertes, problemas muy serios que no nos dejaron juntar, estábamos sufriendo, pasándola duro, no teníamos el aliento ni el ánimo, ni una feria hicimos durante dos años.

Material recolectado por las artesanas. Foto: Ara Goudsmit.

Guadalupe Castro Apuri, la primera presidenta de la Asociación, las convocó a una asamblea en su casa con una premisa: “o nos deshacemos o continuamos”.

Entonces, continuaron.

En 2016, inauguraron su tienda denominada “Artesanías Yamachí”. Yamachí es una especie de mochila tradicional, tejida en hoja de motacú, asaí, chonta, o bejuco de güembé y cipó. Sirve para recolectar los alimentos cultivados o cargar animales cazados.

Pinceles de Milena y Milenka en su taller. Foto: Ara Goudsmit.

Un día, mientras caminábamos en el bajío del monte, a las orillas de un arroyo, Zandra expresó:

Pero Yamachí significa más. Yamachí es recolectar los sueños, las experiencias, nuestras historias.

Cuando dijo esto, sentí que una conversación y un texto también podían ser yamachís. Y le agradecí en silencio. Zandra se detuvo al encontrar una bromelia caída en esa tierra oscura, cubierta por la sombra y la frescura de los árboles con troncos torcidos. Caminó unos pasos buscando algo, halló una botella de plástico tirada, sacó de su bolsillo una navaja, cortó en dos el objeto encontrado, alzó la flor del suelo y la guardó. Continuamos el camino.

El saludo de la profe Toyita. Foto: Ara Goudsmit.

La colecta

—Estamos tratando de vivir en armonía, pidiendo permiso —dice Zandra con sus ojos a punto de chorrear lágrimas— ellas escuchan, ellas saben. Continúa reflexionando sobre cómo las plantas han curado a sus familiares enfermos. Cuenta que, para hacer que la medicina de las plantas funcione, hay que hablarles para obtener su poder de curación.

Zandra recolecta semillas del árbol de pajarilla. Foto: Ara Goudsmit.

La colecta de su material—semillas, plantas, maderas de ramas caídas y bejucos— la realizan en la comunidad de Antofagasta, donde está afiliada la familia de Zandra, a casi una hora de Riberalta.

Antes de partir a la sesión de recolección con varias de las artesanas, nos sentamos a desayunar jugo de asaí y masaco de plátano debajo de lo que se conoce como “El Almendro”, a las afueras de la ciudad. Estoy sentada junto a la señora Fátima y la profe Toyita.

Sus cuerpos poseen el talento de la narración oral: mueven las manos para crear figuras en el cielo, como si el aire fuese el lienzo de sus dibujos y sus dedos, los pinceles. Les pregunto cómo han llegado a ser artesanas y ellas hablan de la dureza de los días, de la falta de dinero para alimentar a sus hijos. Antes de la artesanía, ambas habían sido lavanderas.

La profe Toyita y Fátima en una pausa en el trabajo. Foto: Ara Goudsmit.

La profe Toyita, a pesar de tener un sueldo de maestra y amar su profesión como pocos, tiene nueve hijos y es madre soltera. El sueldo no le alcanzaba y las vueltas creativas para sortear la precariedad hicieron que ella se convirtiera en cocinera de pan de arroz y sus hijas e hijos, en vendedores ambulantes. Luego llegó la artesanía. Toyita arma collares y aretes mezclando semillas de asaí, chonta, siringa, ojo de buey, entre tantas otras, y hace trajes con semillas y escamas del pez paiche, a las que pinta con purpurina cual piel de sirena brillante.

Ya en el monte de Antofagasta, antes de iniciar la colecta, las artesanas se acercan a un antiguo árbol de mapajo. Lo abrazan, le hablan, le piden permiso y se toman fotos. Sólo después inician el trabajo de recolección de semillas que caen de los árboles que aún viven, ¡viven!

Material recolectado en el monte Antofagasta. Foto: Ara Goudsmit.

Las artesanas crean estos mundos en medio de un planeta que arde y una ciudad donde los cielos están llenos de humo gris. En 2023, el municipio de Riberalta se declaró en emergencia por los incendios y  la sequía. Este año, pocos días después de la recolección, suspendieron las clases por la pésima calidad del aire por los incendios.

Pero junto a las artesanas he conocido una ciudad distinta a la del desastre. Antes de las 7 de la mañana, Yaruska y su hija, Lua, están preparadas para recolectar las semillas de los árboles cuya casa es la ciudad. Ella conoce con precisión dónde están los cayús que están regalando sus frutos. Una vez caídos, es posible sacarles las semillas blancas-azuladas que tienen forma de pequeños fetos. Yaruska enseña a Lua cómo poner el pie sobre los frutos podridos para arrancarles las semillas, pues ellas están ubicadas en la parte superior, viven fuera y no dentro de los cayús.

Yaruska y Lua recogen semillas de cayú. Foto: Ara Goudsmit.

Comimos la fruta del árbol pomarroso, también conocida como manzana brasileña, que, sobre las calles, crea un manto fucsia a partir de la caída de su floración.

Yaruska me pide que le entregue la semilla del fruto que estaba chupando.

—Siempre llevo conmigo bolsas de plástico para guardar las semillas que veo cuando estoy en la calle —advierte.

También me dijo que debía ver “el espectáculo” que los tajibos blancos estaban ofreciendo, con el aroma de sus flores, unas que permanecen en las ramas sólo durante un corto día. Estoy debajo de un tajibo blanco y percibo que mi alegría es parte del ecosistema junto a las decenas de abejas que entran y salen de sus flores. Con Fátima y Zandra también navegamos la ciudad para recolectar semillas de jacarandá y pajarilla. Zandra trepa los troncos y sacude las ramas de los árboles. Fátima está debajo, recogiéndolas.

El árbol de tajibo en flor. Foto: Ara Goudsmit.

Junto a las artesanas, nos dirigimos a las orillas del río Beni, en el pueblo de Cachuela Esperanza, ubicado a dos horas de Riberalta. Al ir, en el transcurso de sólo una hora, contabilizamos seis camiones. Cada uno sacaba, al menos, diez troncos gigantes. Vimos en sesenta minutos que sesenta árboles, aproximadamente, habían sido extirpados de su monte. Hablamos del dolor de imaginar décadas de concesiones forestales saqueando antiguos árboles.

El polvo que crean los camiones que transportan árboles muertos y el humo de los incendios evocan un mundo en tinieblas. Y, sin embargo, hay vidas que expresan la posibilidad de mundos donde caben los árboles, las abejas, el trabajo para resistir a la precariedad económica, las crianzas, los cuidados.

Milenka, Ángela, Lilian y Milena en el río Beni. Foto: Ara Goudsmit.

Las enormes piedras divisadas por la sequía, el sonido omnipresente del río, las lejanas balsas mineras, los troncos que han llegado desde lejos para asentarse en las playas, y los árboles de ambaibo en las orillas son elementos de un lugar que acoge a los cuerpos agachados que caminan buscando semillas. Allí, las artesanas crearon una lírica basada en la canción “El Rey” de Vicente Fernández. Sentadas sobre las raíces de árboles, cantaron: una semilla en el camino, me enseñó que mi destino, era recolectar y recolectar (recolectar y recolectar).

Hoy, que todavía en Bolivia hay incendios activos y la muerte sigue expandiéndose, complemento su poesía vital: me dijo una artesana, que no hay que llegar primero, pero hay que saber llegar. Llegar a las historias, como las suyas, que permitan guiarnos entre las tinieblas.

La familia de las artesanas en el río Beni. . Foto: Ara Goudsmit.


Las casas conversadas: diseñar viviendas sociales desde los territorios
Las casas conversadas: diseñar viviendas sociales desde los territorios

En el Territorio Indígena Multiétnico (TIM) del departamento de Beni, la Agencia Estatal de Vivienda ha construido casas sociales en más de diez comunidades, según calculan los dirigentes. ¿Cómo funciona este proceso? ¿Qué piensan quienes las reciben, y quienes estudian sus arquitecturas?

El corazón de algunas casas es una mesa larga de madera, testigo de alimentos y de palabras, el desayuno con joco, el zapallo dulce de la selva, la antesala de las ideas.  Conversamos en mesas ubicadas en el Territorio Indígena Multiétnico (TIM), en el departamento de Beni, Amazonía boliviana. Allí, la Agencia Estatal de Vivienda, perteneciente al Ministerio de Obras Públicas, Servicios y Vivienda de Bolivia, ha construido viviendas sociales en más de diez comunidades, según calculan los dirigentes. ¿Cómo funciona este proceso? ¿Qué piensan quienes las reciben, y quienes estudian sus arquitecturas? Hacia estas respuestas vamos.

El comienzo

Para llegar a la comunidad de Santa Ana de Museruna hay que pasar haciendas ganaderas, una tras otra, y atravesar, y saludar al río Apere y Cuberene. Está ubicada en el TIM, a una hora del pueblo de San Ignacio de Moxos.

Don Malaquías Rossell, corregidor de la comunidad, detuvo el revocado de su casa para conversar. Sus manos están llenas de ampollas. Él es parte de la construcción de cuatro viviendas sociales: la de sus dos hijas, que son madres solteras, su hijo, y la suya. Hace cinco años ya habían intentado obtener casas construidas por la AEV. El primer planteamiento lo hicieron través de asambleístas departamentales. Sin resultado. Luego, cuando aún no eran un gobierno autónomo indígena, exigieron viviendas al municipio de Santa Ana del Yacuma. Tampoco funcionó.

Malaquías Rossell, corregidor de la comunidad de Santa Ana de Museruna. Foto: Ara Goudsmit.

La solicitud fue aceptada, finalmente, en 2024. Tenían cupo para sesenta viviendas, pero el Estado los puso a prueba: primero debían hacer cuarenta y, luego, si todo iba “bien”, construirían las veinte faltantes.

“Estamos agradecidos”, “queremos estas casas”, “tenemos el derecho a ellas”, son algunas de las expresiones alrededor de las viviendas de la AEV. El piso de cerámica se contrapone al suelo de tierra. El ladrillo es más duradero, escuché decir, y más efectivo para que los animales no ingresen al hogar. En época de lluvia, los mosquitos se llenan como nubes negras que rondan tras los cuerpos, las manos deben trabajar arduamente para ir espantándolos y traen enfermedades. Por eso, las mallas de protección contra insectos para las ventanas constituyen un elemento central en la construcción de viviendas sociales en la Amazonía.

Una casa en proceso de construcción en Santa Ana de Museruna. Foto: Ara Goudsmit.

En Bolivia, el derecho a la vivienda fue reconocido como un derecho fundamental en la Constitución Política del Estado de 2009. Pero, para acceder a este derecho, hay distintos programas. Museruna no entró al programa de Viviendas Nuevas de la AEV —donde todo está financiado, por eso las llaman “con llave en mano”—, si no al de “Vivienda Cualitativa” o, mejor dicho, de “autoconstrucción”. El Estado contrata a una empresa, ésta lleva los materiales y, en teoría, debe capacitar a las familias para que construyan las casas con sus propias manos. La contraparte es la mano de obra.

En la comunidad pensaron que sería más o menos fácil y posible, pues acordaron procesos de formación y la entrega a tiempo de los materiales. Pero cuando los acuerdos no son cumplidos, contamos una historia de trampas.

Con tiempo y sin insultos, por favor

La oficina de Pedro Medina, director de la AEV regional Beni en Trinidad, tiene aire acondicionado. El cuarto es amplio y frío. Él fue la única autoridad estatal contactada que accedió a tener una entrevista. Ahí aseveró que, cuando las viviendas son de autoconstrucción, las empresas contratadas realizan una capacitación en albañilería a las familias beneficiarias. Sólo así es posible culminar el proyecto entre tres y cinco meses.

Las casas de Museruna no tienen aire acondicionado y son de un solo cuarto, aunque hay familias con ocho hijos, y se supone que la evaluación social de la AEV debería considerar estos factores para construir diseños con uno, dos o tres cuartos. Además, tuvieron que exigir el cambio del primer diseño “socializado”, porque tenía muy pocas ventanas, iba a ser una casa oscura donde no iba a poder entrar la brisa. Llevan más de diez meses tratando construir las viviendas.

En la zona, es usual quemar motacú para alejar a los mosquitos. Foto: Ara Goudsmit.

Don Malaquías hace una pausa del trabajo e ingresamos al lugar que será su antiguo comedor, en una casa de madera:

—Los técnicos que envía la empresa no sirven para nada. No quieren que nosotros aprendamos. Mandaron tres para cuarenta casas. Porque se creen técnicos ya no quieren agarrar un ladrillo, agarrar mezcla. Venían a decir “está mal” y lo derrumbaban. Era un trabajo perdido, casi como hacerse la burla. Levantábamos un metro, decían “está mal” y lo volvían a tumbar. Son autoridades que, si bien son profesionales, respeto que hayan estudiado, pero deberían tener respeto también por la gente con la que están trabajando, los comunarios. No saben ni saludar estos señores, ni siquiera piden: “¿por qué estás atrasado?, ¿qué es lo que te pasa?”.

El don de la palabra, que es la gracia del tono y ritmo, y de la sencillez y claridad, lo tiene don Malaquías, quien continúa indignado:

— Son autoridades que, si bien son profesionales, respeto que hayan estudiado, pero deberían tener respeto también por la gente con que están trabajando, los comunarios, no saben ni saludar estos señores, ni si quieran piden: “¿por qué estás atrasado?, ¿qué es lo que te pasa?”. Llegan nomás y dicen: “ustedes están atrasados, ¿por qué no trabajan? Ustedes son unos flojos”. No se tiene que ser así. Ser más humanos. Era gente mañosa, que promueven el desánimo.  Eso es lo triste. A lo mejor uno está rendido, adolorido, uno se enferma también. Hace unos cuatro días vino el dueño de la empresa. Ni se bajaba de su movilidad. Fue un compañero y le dijo: “bájese pues, conversemos”.

Y el empresario le dijo que él debería estar construyendo su casa, que cómo tenía tiempo para ir a mirar lo que él hacía allí, que era un flojo. El comunario respondió que ellos estaban haciendo su casa de acuerdo a su posibilidad, y que no es posible que les digan flojos sin saber por lo que estaban pasando. Don Malaquías menciona que, al menos, necesitan tres días de la semana para ir a trabajar en su chaco, donde cultivan sus alimentos, no ganan un sueldo y también necesitan ir a cazar y pescar. 

— Eso, elay, nos está pasando —concluye el corregidor.

Clara Rossell Amblo, secretaria de Tierra y Territorio del TIM. Foto: Ara Goudsmit.

Clara Rossell Amblo, actual secretaria de Tierra y Territorio del TIM, ex presidenta de la Organización de Jóvenes Indígenas Mojeños (OJIM) y representante legal de Museruna ante la AEV, mencionó que sólo una vez tuvieron un taller sobre cómo asentar cimientos.

— El ingeniero lo mostró y zas, y listo y todo mundo miró. La sufrimos harto.

Su hermana, Sara Rossell Amblo, presidenta de la Subcentral de Mujeres del TIM, añadió que no tardaron más de cinco minutos en explicar el revoque. En su familia hacen turnos para construir. Tres días una casa, luego la otra. Sólo así es posible avanzar.

En abril debían haber empezado, pero la empresa no cumplió con los acuerdos: el material llegó dos meses después, en junio. Traían las cosas de forma incompleta, como a picotazos. Llevaban ladrillo, pero no cemento, llegaba el cemento, pero no la arena. A pesar de que el atraso era de la empresa, las familias recibían notificaciones, regaños y malhumor por no tener adelantos.

La dirigente Clara, contundente, dice que la AEV necesita volver a evaluar el tiempo de construcción con las familias que no saben cómo construir.

Rossell señala en la maqueta la primera ventana que hicieron aumentar en el diseño para tener más ventilación y luz. Foto: Ara Goudsmit.


 Escuchar al territorio

En una mesa larga y rojiza, de patas de madera de mara y tablas de cedro, con más de cuarenta años ordenando la compañía, la familia Muiba Inchu comparte sus ideas. Las voces están mezcladas con los sonidos de sapos y ranas que parecen decirle algo a la lluvia que no paró durante toda la tarde. Es de noche y el coro que nos acompaña refleja el sonido agudo de un maullido de gato al ritmo de una ambulancia, mbiuaaauuu, mbiaaauuu. Ante las conversaciones de estos anfibios, es necesario alzar la voz para escucharnos.

Simón Muiba es hijo del río Apere, cuerpo de agua que da vida y sustenta a varias comunidades del TIM. Es un líder joven, con palabra afilada y sin temor a hablar desde su pensamiento. Para él, lo más importante es abrir el camino “para mirar, donde puedas reflexionar”. Esa mirada es una que ve hacia adentro, ¿qué quieres? Y luego, hacia afuera, ¿qué queremos y qué es posible? El problema, para Muiba, es que los proyectos ya vienen diseñados:

—Dicen, “esto tenemos para acá” y listo. No ceden esa oportunidad y uno, a veces, por la necesidad, acepta. Los espacios de las viviendas sociales son como de la ciudad y vienen con un solo diseño, sobre todo que no vienen pidiendo, digamos, si les gusta este modelo o qué le pueden mejorar. Por ese motivo, yo digo que es colonizador, porque vienen ya imponiendo y que, si la gente lo acepta, que lo acepte, y si no, no, ya no hay nada.

Simón Muiba Inchu frente al río Apere. Foto: Ara Goudsmit.

Simón y su madre, doña Victoria Inchu, otra lideresa de corazón inquebrantable, sienten que su territorio es la historia de la amplitud:

—Nada es chiquitito, no es como en el pueblo, eso es comprado, uno lo compra por metro y así cabalito van las casas, medidito, en cambio nuestro vivir no es así. En el campo, estás libre, tienes gallinitas donde escarbar, no está medido por metrito, no hay límite en nuestro vivir en el campo —narra Victoria, y Simón apoya a esta idea.

—Siempre hemos vivido en espacios grandes. Nuestro territorio es amplio. La verdad es que nuestro ambiente es abundancia y nuestras familias son numerosas, no somos reducidos.

Don Bernardo Muiba, actual presidente del TIM, presenció el inicio de las viviendas sociales en el TIM, también como presidente entre 2016 y 2018. En esos años, las autoridades indígenas ya rechazaron un diseño presentado por la AEV, pues el tamaño era muy pequeño:

— Las primeras viviendas que eran construidas acá en Moxos, eran unas casitas que no tenían sentido de poder vivir una familia cómodamente. Nosotros hemos observado y hemos llamado la atención a la Agencia Estatal de Vivienda, que no era adecuado para los pueblos indígenas. Pero gracias a Dios se logró modificar el proyecto, con un monto más elevado, pero ya con una vivienda que es adecuada.

Adecuado es la cercanía con lo justo.

En 2018, solicitaron que los techos sean de jatata, una palmera del bosque amazónico, sin éxito. Según don Bernardo, la jatata tiene la misma duración que la calamina, si está bien hecha. La diferencia es que la jatata es fresquita y en Moxos hace calor.

Techo de motacú con estructura de tacuara. Foto: Ara Goudsmit.

El eco de la voz del director Medina resuena en contraste, pues dice que la calamina es escogida porque tiene más duración y evita que se queme el techo en los incendios. En los últimos cinco años, la AEV Regional Beni tiene planificado construir 8.526 viviendas en 19 municipios y en el gobierno autónomo indígena del TIM. Les faltan 1.777 para completar este objetivo.

Geraldine Gene, abogada con tres décadas de experiencia en derechos humanos, afirmó durante una entrevista que, sin la pregunta a cada comunidad sobre qué es importante para ella, el derecho mismo no está siendo respetado: uno de los siete principios necesarios para que se cumpla el derecho humano a la vivienda, según la ONU, es la adecuación cultural. Es decir, muy parecido a lo que piensa Simón Muiba. ¿Habrá que escuchar?

Sentado en la cabecera de la mesa larga, Don Pastor Muiba, al frente de su hijo Simón, tiene una memoria sobre la arquitectura indígena de Moxos:

— Cuando estaba pequeño, mis hermanos mayores conversaban y yo los escuchaba. Vamos a hacer una casa de veinte metros, decían. Terminaban de conversar y ellos le avisaban a papá: “Papá, vamos a hacer una casa de veinte metros”. “Bueno hijos, ¿cuándo vamos a comenzar?”. “Mañana”. “¿Y de cuánto va a ser la anchura?”. “De cinco metros”. “Guau”, dije yo, “¿cómo serán los palos que van a sacar?”. Miren, de veinte metros se hacían las casas, de altura de cinco metros. Sumuqué, chonta y chuchío había por allá por el lado de San Borja. Ellos lo tumbaban, lo cortaban y lo partían, y yo ahí con mi machete, ¡meta a sacar astilla! Y así, mire, antes era pura hacha, sin motosierra. Y ya empezábamos a cercar, ya cada uno con sus cuartos. Luego hacíamos la cocina, una casa grande también. La madera era de piraquina, los horcones de chonta, del corazón mismo. Cuando ellos subían los palos arriba, era con soga. Yo con mi palito ayudaba a empujar. Ahí no se siente la calentura, le cuento. Bien fresquito. Antes grandes eran las casas. Si nosotros conocemos, si nosotros somos arquitectos. Eso sería un poquito lo que le puedo contar.

Simón Miuba rellena el piso de su casa para evitar inundaciones. Foto: Ara Goudsmit.

En contraste a esta memoria, el director de la Agencia Estatal de Vivienda del Beni comentó:

— Ahora, un arquitecto me podría decir: “¡ah, perfecto, descolonicemos!” Pero muéstreme un diseño precolonial de vivienda en el Oriente, no existe. Tal vez modos de vida, pero “esta es la vivienda amazónica que existía”, no existe. Por lo poco que he podido apreciar, nuestros ancestros han sido nómadas. Íbamos moviéndonos. Esta vivencia no nos permite decir, ¡este es el tipo de vivienda amazónico! Tratamos de hacerlo con algún tipo de madera o con viviendas elevadas.

Medina no escuchó la voz que dice “somos arquitectos”. A pesar de este vacío, el director es consciente sobre las necesidades que existen dentro de la construcción de viviendas sociales: la técnica crea formas sesgadas de entender la arquitectura, no tienen equipos de antropólogos ni metodologías sensibles para crear otra forma de diseños, hay grupos que no hablan español y no saben cómo explicarles los talleres de albañilería, la logística es complicada en las comunidades más alejadas, y el presupuesto es su ley.

Ladrillo, material de construcción de las viviendas sociales. Foto: Ara Goudsmit.

La belleza de pensar

Existen los apasionados, que son quienes hacen las cosas con amor. En la jerga convencional los llaman “expertos”. Pero hay arquitectas y arquitectos que entregan no sólo su inteligencia, sino también su corazón, y es desde ahí que comparten su conocimiento.

Natalia Serrano es arquitecta y una apasionada por los diseños colaborativos y participativos con distintas comunidades, como barrios sin espacio público. Ella dice que es necesario dejar de pensar que las viviendas sociales son regaladas: es a costa de la mano de obra no remunerada que pone cada familia, que se sigue capitalizado a las industrias y al sistema financiero de construcción. El trabajo no pagado engorda a los dueños de empresas.

Paisaje desde el interior de una vivienda. Foto: Ara Goudsmit.

Otro problema de la vivienda social es que está vista como un producto global estandarizado. La ideología del objeto y el consumidor se juntan para evadir, en palabras de Serrano, “los sentidos de la materialidad, ni explorar las posibilidades que tiene cada territorio, ni pensar en un laboratorio de nuevas formas y capacidades de explorar esa materialidad”. Lo que podría estar en juego es una investigación sobre cómo pensar el espacio de acuerdo a lo que está disponible y crear fuentes productivas locales. Así, “los costos pueden ser mucho menores, son recursos que están disponibles en cada lugar. El problema no es el dinero, no, es una carencia creativa y de voluntad”. Para Serrano, las viviendas son relaciones, no objetos.

Miriam Chugar, doctora en Arquitectura por la Universidad Federal de Rio de Janeiro (UFRJ), también comentó que las viviendas podrían ser hasta un 50% más económicas si se reducen los costos de transporte. El proceso participativo, además de incluir serios espacios de formación, podría evitar que el Estado invierta en viviendas que no son utilizadas, como los edificios vacíos que nadie habita. Esto significaría, según Chugar, dejar de lado la centralización de las decisiones y el pensamiento de producción masiva “en serie”.

El otro apasionado de esta historia es Santiago Zubieta, arquitecto y sociólogo, con larga experiencia de construcción en la Amazonía, especialmente escuelas y viviendas para maestros en las fronteras del país. En 2021, ganó un concurso que propició la AEV junto al Colegio de Arquitectos de Bolivia, con la perspectiva de que las obras seleccionadas sean implementadas en el país. Éste tenía la lógica de los pisos ecológicos: hacer viviendas sociales distintivas para el altiplano, los valles y llanos. Su diseño resultó ganador para llanos (Amazonía):

—El comedor estaba afuera. Era como el altar, el elemento central. La casa no es una caja donde hay que meter todo adentro. Te sofocas, es insufrible muchas veces. Mi premisa era que no puede ser más caliente adentro que afuera. Diseñé torres de viento para una climatización pasiva; es decir, que no emplee combustibles fósiles. Las otras propuestas ni por asomo tenían esa concepción. Nadie pensó en el clima, ni en las formas de vida. Todos pensaban que climatizar era con tecnología moderna, proyectos costosos, impracticables. El mío era simple, nada complicado. Había sistemas de recolección de agua de lluvia por las cubiertas, con tanques de almacenamiento, para utilizar, a partir de esos tanques, el agua reciclada. Tenía áreas de cultivo, con especies de la zona. Lo lamentable es que nunca nadie más me llamó de la Agencia Estatal de Vivienda. No se ejecutó.

Ideas, como la lejanía del baño, son importantes para diseño de casas en la Amazonía. Foto: Ara Goudsmit

Don Malaquías Rossell piensa muy parecido a Santiago Zubieta, pues conciben la importancia de la sencillez: hacer diseños sin tantas esquinas y recovecos. Y, como también afirma Natalia Serrano, Simón Muiba sostiene que es necesario que las relaciones de construcción no estén alejadas de los lugares y las labores de las personas:

— Me genera una tristeza, un dolor como persona, si tengo el mejor material dentro de mi comunidad. Está bien que ellos pongan algunas cosas, pero otros que sean del lugar. Tenemos materiales. Los recursos se van para las empresas. ¿Y los indígenas? Nada. La plata se la dan a los que tienen plata. Los ladrillos lo traen de Trinidad o Santa Cruz. Por ejemplo, tejerías existen aquí. Hay una donde hacen ladrillos cerámicos que queda por el lado del matadero [de San Ignacio de Moxos].

Y no sólo eso: las empresas llevan materiales fallados. Clara Rossell cuenta que las maderas que llevaron a Museruna estaban podridas, huecas como canoas. Exigieron que sean cambiadas. Son sus casas, quieren tenerlas bien hechas. Igual a ella le parece un poco ridículo traer ese material de lejos, cuando en su territorio árboles y las personas conocen bien cuáles tienen buena madera.

Distintos materiales son utilizados para la construcción de casas en Moxos. Foto: Ara Goudsmit

El otro tema es la temperatura. Un sol calientísimo impacta sobre los techos de las casas. El machimbre es la cobertura interna del techo, que tiene como objetivos crear una buena apariencia, y la protección y el aislamiento de las temperaturas. En Museruna, las viviendas sociales están siendo hechas con machimbre de plástico. Para el solazo que hace, comenta Clara, no es adecuado, no es justo, se reseca rápido y calienta el hogar. De hecho, el mejorar material para que el machimbre otorgue frescura es la madera y distintos tipos de bambú.

Desde la perspectiva de las líderes Clara, Sara y Simón, los techos, sea cual sea el material, necesitan ser más altos. Por lo menos de cinco metros. Según la información otorgada por el director Medina, actualmente los techos son de 3,8 metros en la Amazonía y 2,3 para el Altiplano.

Sara Rossell Amblo, presidental de la Subcentral de Mujeres del TIM. Foto: Ara Goudsmit

Otra idea: el baño puede estar retirado de la casa. Como dice Sara Rossell:

— Es muy crítico que nos pongan el baño tan cerquita de la cocina. Nosotros estamos acostumbrados a que sea retirado. Desde mi punto de vista, no es muy recomendable. Si nos hubieran preguntado…

Al fin y al cabo…

Aunque a Clara Rossell le hubiese gustado un techo de jatata, por ser más friíto, reconoce que hay muchas personas que prefieren materiales industriales como la calamina. Como ella misma dijo: “es, como decir, viendo”, viendo qué piensan las personas. Antes que nada, hay que escuchar:

—La agencia debería ver cómo queremos nuestras casas, realmente, hasta ahorita no creo que se hayan sentado con ninguna comunidad para ver cómo quieren su casa. Directamente llegan con su diseño. Eso sería bastante interesante, yo creo, si se lo planteara a la comunidad. Pero ya, ya está —y termina— igual la gente está feliz.

Tiempo y espacio son necesarios para esas mesas largas donde caben el pensamiento y las historias, luego de tomar chocolate caliente con pan de arroz. La empresa llamó «flojas» a las familias de Museruna. Pero hay voces que han llegado hasta aquí para señalar que la verdadera flojera es no hacer el trabajo de la pregunta.

Una vivienda en construcción en Santa Ana de Museruna. Foto: Ara Goudsmit.

*Este artículo es parte de la serie de publicaciones resultado del Programa de becas de ColaborAcción edición Hábitat, ejecutado con el apoyo de la Fundación Gabo, Fundación Avina y Hábitat para la Humanidad.

Ara Goudsmit Lambertín es investigadora y escritora colaboradora con distintos medios de comunicación. Trabaja en torno a saberes y memorias territoriales en contextos extractivistas. Cuenta con estudios en Ciencia Política de la Universidad de Los Andes, Colombia; y una maestría en Geografía/Estudios del Antropoceno de la Universidad de Cambridge, Reino Unido.
Ara Goudsmit Lambertín es investigadora y escritora colaboradora con distintos medios de comunicación. Trabaja en torno a saberes y memorias territoriales en contextos extractivistas. Cuenta con estudios en Ciencia Política de la Universidad de Los Andes, Colombia; y una maestría en Geografía/Estudios del Antropoceno de la Universidad de Cambridge, Reino Unido.