Ser de aquí y ser de allá: la bolivianidad en Argentina

Andrea Monasterios

Migrar significa dejar familias atrás, llevar consigo sabores y costumbres, y también aprender nuevas formas de hablar, trabajar, relacionarse y entender la sociedad. A través de cuatro historias, este reportaje explora cómo esas experiencias transforman y mantienen los vínculos con Bolivia y las distintas formas de construir una identidad lejos del lugar de origen. Este reportaje combina textos y videos para recorrer estas historias entre lo que permanece y lo que cambia al otro lado de la frontera.

Edición 179 / Lunes, 31 de agosto de 2026 

¿Qué sucede con la identidad de una persona nacida en Bolivia cuando comienza a vivir en Argentina, un lugar donde los demás la perciben como extranjera? ¿Qué permanece, qué cambia y qué nuevas formas de pertenencia surgen cuando la vida transcurre lejos del lugar de origen? ¿Cómo se gestiona la nostalgia de los sabores, los lugares, las personas y las formas conocidas?¿Cómo se enfrenta a la discriminación por ser foráneo? 

Estas son algunas de las preguntas que acompañan a las y los bolivianos que cruzan la frontera hacia Argentina, el principal destino de la migración boliviana. Las respuestas no son las mismas: dependen de las historias familiares, del lugar de origen, de la edad en que se migra y de las experiencias que cada persona construye al otro lado de la frontera. 

Hoy, alrededor de medio millón de personas nacidas en Bolivia vive en Argentina, según el censo de 2022 de ese país, sin contar a las generaciones nacidas allí. Es la segunda colectividad extranjera más numerosa, después de la paraguaya. Se trata de una migración que comenzó a consolidarse en la década de 1950 y que actualmente alcanza ya una tercera generación nacida en tierras argentinas.

Pero los números apenas dibujan la presencia boliviana en Argentina. La historia de esta migración también está hecha de acentos que cambian, de comidas que se extrañan, fiestas que se reinventan y vínculos que intentan sostenerse a ambos lados de la frontera. A través de historias de cuatro personas, este reportaje multimedia busca mirar la bolivianidad: no solo como un origen, sino como una identidad que se negocia, se transforma y se reafirma lejos de casa.

Marcia y los horneados cruceños

Para Marcia Helen Vaca (28 años), la idea de Argentina estaba presente hace 15 años, cuando su madre, Vilma, emigró al país del tango. Durante ese tiempo su mamá construyó un camino para que esa ausencia se convierta en el reencuentro con su hija. Movilizada por la situación económica que vivía en su natal Santa Cruz, Marcia migró a Buenos Aires para trabajar. Aún, cuatro años después de su arribo, añora las tardes con sus familiares.

Buenos Aires le ofreció posibilidades. Estudió para ser asistente gerontológica y comenzó trabajando en limpieza, pero pronto encontró una oportunidad para compartir la cultura de su tierra. Con su carisma frente a la cámara, empezó a enseñar cómo preparar somó, una bebida cruceña hecha a base de maíz. Al poco tiempo, comenzaron a llegar los pedidos. 

“Quiero que conozcan que también somos cultura” afirma, frente a un plato de cuñapés, sonsos y otros horneados cruceños.

Explica que quiere mostrar el lado desconocido de Bolivia a los argentinos, porque Bolivia no es una sola cultura ni una sola forma de ser boliviano. Las identidades también están atravesadas por la región, la historia y los pueblos indígenas a los que se pertenece. En su caso, la bolivianidad tiene acento cruceño y raíces chiquitanas. 

Casi dos años después nació “Delicias de mi tierra”, un emprendimiento de repostería típica de Santa Cruz que se convirtió en un negocio familiar.

En Argentina, las personas bolivianas todavía cargan con estigmas que las presentan como una competencia para los trabajadores locales o como beneficiarias de las políticas sociales del Estado. Sin embargo, detrás de esas representaciones hay historias de trabajo y de esfuerzo que pocas veces forman parte de esa mirada. La de Marcia es una de ellas. Hoy tiene su propio local en el barrio de Flores, uno de los sectores de Buenos Aires donde se concentra el comercio textil de la colectividad boliviana.

Pero, como un ave migratoria, cuando llega el verano vuelve a su nido en Bolivia y nutre su emprendimiento gastronómico con los recuerdos de su familia. 

Jeannette y su pasión por informar

Cuando Jeannette Nava, de 50 años, llegó a Argentina desde Sucre, la capital boliviana, en 2010, acababa de egresar de la carrera de Comunicación de la Universidad San Francisco Xavier de Chuquisaca. Ante la urgencia de pagar un alquiler, su primer trabajo fue en limpieza. Le iba bien, pero buscaba nuevas oportunidades.

Decidió estudiar locución de radio en el Instituto Superior de Enseñanza Radiofónica (ISER), una institución pública que en ese tiempo recibía postulaciones de entre 1.500 y 2.500 aspirantes por año para locución y sólo había 60 vacantes. No quedó la primera vez, y lo intentó de nuevo, por ello está muy orgullosa de su título.

Para Jeannette, siempre estuvo claro que la información es poder, ella reflexiona que “al ser migrante, dentro del rubro de la comunicación te conviertes en activista por los derechos humanos”. 

Su audiencia ha sido predominantemente boliviana, por lo que mantiene un vínculo cercano con la colectividad. Hasta hace poco conducía un programa dedicado a explicar los trámites que ofrece el consulado, un servicio de información que considera vital para la comunidad. El programa fue suspendido, según explica, después de que la nueva gestión gubernamental de Rodrigo Paz prohibiera el ingreso de cámaras al consulado.

Ella conserva elementos y símbolos vinculados con su historia familiar y habla quechua. En el proceso de cubrir actividades de la colectividad boliviana descubrió que conocer los derechos no siempre significaba poder ejercerlos fácilmente.

Chana, la aymara que reivindica lo marrón

La experiencia de Sandra “Chana” Mamani, de 41 años, fue diferente. Ella migró a Argentina cuando tenía apenas cinco años. Por decisión de sus padres, tuvo que aprender desde niña qué significaba dejar atrás un lugar más conectado con la tierra y adaptarse a un entorno urbano, con otros códigos y otro lenguaje. 

Chana y su familia son aymaras. Antes de llegar a Argentina, sus padres habían migrado a El Alto, donde ella nació. Su cuerpo era visible antes de que pudiera explicar quién era: su piel, su apellido y su origen familiar estaban presentes en cada espacio de socialización. Desde niña tuvo que lidiar con las ideas y los estereotipos que otros construían sobre lo que significa ser boliviana.  

“Como no estaba integrada y estaba aislada, me quedaba sola mirando que pasaba en el recre. Encontré un lugar en la biblioteca del barrio y ahí fue cuando empecé a escribir, tenía 11 años”, recuerda la ahora docente universitaria en Buenos Aires.

Según la Encuesta Nacional Migrante de Argentina (ENMA) un 47% de migrantes en Argentina afirmó haber sufrido discriminación, en el que el 60,2% dijo que la discrimnación aumenta por el origen indígena y la mayor parte ocurre en las calles. Según esta encuesta el 56% de bolivianos consultados dijo que vivió discriminación

Chana es una de esas personas que sufrió discriminación por su origen. Pero esa experiencia no definió por completo su historia, aunque sí le marcó la ruta. Aquella niña aymara de El Alto se convirtió en trabajadora social y hoy habla ante organismos internacionales sobre derechos de migrantes. Hace poco estuvo presente en el 19º período de sesiones del Mecanismo de Expertos sobre los Derechos de los Pueblos Indígenas (MEDPI) de la ONU en Ginebra. 

Esas cuestionantes la llevaron a integrar “Identidad Marrón”, un colectivo antirracista argentino en el que participa en debates sobre racismo estructural y representación de personas indígenas y racializadas. Allí encontró un espacio para preguntar por qué “boliviano” puede convertirse en un insulto y en una forma de nombrar, de manera despectiva, a las personas indígenas en Argentina. Con el tiempo, Chana encontró palabras para expresar aquello que durante años había experimentado en la mente y en el cuerpo.

Gustavo y la construcción de la bolivianidad

Gustavo Morón, de 54 años, no tuvo una llegada propia: nació en Argentina, en el seno de una familia boliviana. Su experiencia puede resumirse en una contradicción: en Bolivia lo consideran argentino y en Argentina lo consideran boliviano.

Legalmente, por haber nacido en Argentina, nunca tuvo que demostrar que pertenece a este país. Socialmente, en cambio, muchas veces sí. Creció en una villa, rodeado de chicos como él, hasta que su padre decidió que él y su hermana tuvieran la educación que él no había podido recibir y los envió a un colegio privado.

Sus padres habían llegado jóvenes desde Bolivia como parte de la migración que, durante las décadas de 1950 y 1960, llevó a muchas familias bolivianas a instalarse en Buenos Aires. Aunque Gustavo creció en Argentina, en su casa sus padres mantuvieron vivas algunas costumbres y recuerdos de Bolivia.

Una de esas memorias quedó asociada a una chompa tejida con figuras de llamas, que su mamá le regaló cuando era niño. A Gustavo le gustaba, pero sus compañeros se burlaban de él por llevarla.

“Lo que en mi casa era motivo de orgullo fuera de ella era una razón para sentirse diferente”, recuerda.

Aquella experiencia lo llevó, desde joven, a preguntarse qué hacer con una identidad que otros le señalaban como ajena. En los años 90 comenzó a militar por los derechos de la colectividad boliviana. Estudió Derecho en la Universidad de Buenos Aires (UBA) y transitó entre la abogacía, la militancia y la comunicación. 

Gustavo ha viajado pocas veces a Bolivia. Podría decir que es del norte argentino y dejar ahí su historia. Pero eligió otra cosa: reconocer una pertenencia que construyó lejos del país de sus padres y que, en buena medida, heredó de ellos.

Por convicción, se nacionalizó boliviano. Para él, pertenecer tampoco significa idealizar. Significa mirar a la propia comunidad, cuestionarla y hablar de aquello que no funciona. Esa es, también, su manera de construir bolivianidad desde Argentina.

Foto de portada: Andrea Monasterios.


Andrea Monasterios es comunicadora audiovisual y periodista con enfoque en derechos humanos, medio ambiente y feminismos. Reporta sobre Bolivia.
Andrea Monasterios es comunicadora audiovisual y periodista con enfoque en derechos humanos, medio ambiente y feminismos. Reporta sobre Bolivia.